sábado, 23 de mayo de 2015

SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS
(ACABA EL TIEMPO PASCUAL)

Juan 20,19-23
  
19Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: Paz a vosotros. 20Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. 21Jesús repitió: Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. 22Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo; 23a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.
19Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: Paz a vosotros.
Al Resucitado no solo se descubre con la palabra, sino también en la fracción del pan, en la Eucaristía. El mensaje de María Magdalena no los ha liberado del miedo. No basta con que otro nos hable del Resucitado, es necesario experimentar su presencia, personalmente.
Jesús se presenta en medio, en el centro de la comunidad que celebra la eucaristía. Es una presencia eucarística. Y conservando las señales de la entrega: las manos, expresión de un amor hasta el extremo, y el costado,  el don del Espíritu. 
Jesús les saluda exactamente como los despidió (14,27;16,33). La muerte no ocupa espacio ni tiene recorrido. En el mismo segundo que mueres a este mundo, resucitas. La vida es continuidad sin interrupción alguna. La muerte no existe. Otra cosa es que a la hora de expresar y narrar los acontecimientos en este mundo, sometidos al espacio y al tiempo, le concedamos a la muerte un espacio y un tiempo.  Por ejemplo, cuando confesamos al tercer día resucitó[1]. Si la entendemos en  sentido literal y deducimos que Jesús estuvo tres días muerto, es una aberración patente, pues el que es la vida no puede morir y el que tiene la vida no prueba la muerte. La muerte no existe.

20Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor.
A Jesús no se le reconoce por su cara, como hacemos con la gente, sino por las manos y el costado[2]. Las manos, en todas las culturas, son símbolo de las obras. A Cristo Resucitado se le reconoce presente en todo ser humano que hace obras de vida. Cristo se hace presente en la Eucaristía dando fuerza para llevar una vida de entrega a favor de los demás, dando vida a los demás. Sus manos dan seguridad. El Padre ha puesto todo en sus manos. Creer que la frase significa que allí hubo unas manos físicas, destrozadas, de un crucificado y que hubo un examen visual de un espectáculo, es entender poco o casi nada.

El costado abierto. El pecho es el arca que guarda el corazón, sede de los sentimientos, está abierto. Simboliza el amor derramado y los buenos sentimientos. Ahí está el Resucitado. De su costado brota agua y sangre, es una vida entregada.
Lo mismo que sucedió en su pasión está sucediendo en esta Eucaristía: en la cena, sus manos aparecen entregadas en servir, el lavatorio; en el calvario, su costado abierto del que brota la vida, la lanzada; en su muerte, la entrega del Espíritu, que es lo que viene a continuación.

21Jesús repitió: Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. 22Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo; 23a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.
Jesús les pone en su mismo camino. La misión de los suyos es la misma que la suya.
Imaginarse a Jesús Resucitado llenando los pulmones de aire y a continuación expulsando por la boca soplándoles a todos, además de ridículo, resulta bastante de ficción.

La imagen hace referencia a la primera creación, Gén 2,7. Dios sopló en la nariz de aquella figura de barro, símbolo de la fragilidad humana, su espíritu de vida y el hombre fue un ser viviente. Aquí, ahora, culmina la obra creadora, recoge la misma imagen. El que tiene experiencia del Resucitado se convierte en una persona nueva. Con la plenitud del Espíritu, la comunidad, ya tiene capacidad de amar hasta el extremo, de entregarse totalmente como él, y eso es lo que libera del pecado.

El evangelista Juan no concibe el pecado como una mancha puntual, sino como una actitud del individuo. Pecar es ser cómplice de la injusticia encarnada en un sistema opresor, cuando el individuo cambia de actitud, cesa su pecado.  Para Juan, pecado es integrarse en el orden injusto, bien por propia decisión, o bien, porque no se conoce otra posibilidad.

A quienes perdonéis… “A quienes liberéis de sus cadenas que esclavizan con la fuerza del Espíritu que os doy, quedan liberados". No se trata solo del sacramento de la Penitencia, que también, sino de que a todos nos da las fuerzas del Espíritu con el que podamos ayudar a liberar del pecado (del orden injusto) a los demás. Y por el contrario, a quienes se aferren a su situación de injusticia opresora, les imputa de un modo constante su esclavitud, su estado de pecado.

El Espíritu se da como fuerza para sacar a los demás, que libremente quieran salir, de su situación de pecado y, al mismo tiempo, para los que libremente se siguen aferrando a su situación, para poner de manifiesto la situación en la que están. Los discípulos reciben el Espíritu Santo para liberar al ser humano que sin culpa alguna vive menguado y prisionero de la única realidad que conoce. Reciben el Espíritu Santo para mostrar al ser humano que vive en tinieblas el proyecto luminoso que Dios tiene sobre él.



[1] La expresión al tercer día resucitó significa que la muerte del cuerpo físico de Cristo existió. Tres es un número que indica totalidad. No hay duda. En lo físico, está totalmente muerto a este mundo. Pero la muerte de lo físico no implica la muerte de la vida. La muerte para los judíos comienza el cuarto día; hasta ese día, el alma ronda el cuerpo queriendo volver a él, al cuarto día desiste porque la corrupción es evidente. Pero en Jesús el cuarto día no llega nunca, la muerte no existe. Es un modo de expresarnos en este mundo nuestro, sujetos al espacio y al tiempo, pero en su literalidad no se atiene a la realidad sin tiempo que hay más allá, cuando muere nuestro cuerpo físico.
[2]  El verbo “ver”, en griego, se dice de tres maneras: “blepo”, ver con los ojos; “zeoreo”, cuando lo físico empieza a trascender y “orao”, ahora lo entiendo.  Es, sobre todo, en este tercer sentido al que se refieren los evangelistas cuando hablan de que los discípulos vieron al Señor.


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