SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS
(ACABA EL TIEMPO PASCUAL)
19Al
anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una
casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús,
se puso en medio y les dijo: Paz a vosotros. 20Y, diciendo esto, les
enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver
al Señor. 21Jesús repitió: Paz a vosotros. Como el Padre me ha
enviado, así también os envío yo. 22Y, dicho esto, sopló sobre ellos
y les dijo: Recibid el Espíritu Santo; 23a quienes les perdonéis los
pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan
retenidos.
19Al anochecer de aquel día, el
primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas
cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les
dijo: Paz a vosotros.
Al Resucitado no solo se descubre con la palabra, sino también en la
fracción del pan, en la Eucaristía. El mensaje de María Magdalena no los ha
liberado del miedo. No basta con que otro nos hable del Resucitado, es
necesario experimentar su presencia, personalmente.
Jesús se presenta en medio, en
el centro de la comunidad que celebra la eucaristía. Es una presencia
eucarística. Y conservando las señales de la entrega: las manos, expresión de un amor hasta el extremo, y el costado, el don del Espíritu.
Jesús les saluda exactamente como los despidió (14,27;16,33). La muerte
no ocupa espacio ni tiene recorrido. En el mismo segundo que mueres a este
mundo, resucitas. La vida es continuidad sin interrupción alguna. La muerte no
existe. Otra cosa es que a la hora de expresar y narrar los acontecimientos en
este mundo, sometidos al espacio y al tiempo, le concedamos a la muerte un
espacio y un tiempo. Por ejemplo, cuando
confesamos al tercer día resucitó[1].
Si la entendemos en sentido literal y
deducimos que Jesús estuvo tres días muerto, es una aberración patente, pues el
que es la vida no puede morir y el que tiene la vida no prueba la muerte. La
muerte no existe.
20Y,
diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron
de alegría al ver al Señor.
A Jesús no se le reconoce por su cara, como hacemos con la gente, sino
por las manos y el costado[2].
Las manos, en todas las culturas, son
símbolo de las obras. A Cristo Resucitado se le reconoce presente en todo ser
humano que hace obras de vida. Cristo se hace presente en la Eucaristía dando
fuerza para llevar una vida de entrega a favor de los demás, dando vida a los
demás. Sus manos dan seguridad. El Padre ha puesto todo en sus manos. Creer que
la frase significa que allí hubo unas manos físicas, destrozadas, de un
crucificado y que hubo un examen visual de un espectáculo, es entender poco o casi
nada.
El costado abierto. El pecho es el arca que guarda el corazón, sede
de los sentimientos, está abierto. Simboliza el amor derramado y los buenos
sentimientos. Ahí está el Resucitado. De su costado brota agua y sangre, es una vida entregada.
Lo mismo que sucedió en su pasión está sucediendo en esta Eucaristía: en
la cena, sus manos aparecen entregadas en servir, el lavatorio; en el calvario,
su costado abierto del que brota la vida, la lanzada; en su muerte, la entrega
del Espíritu, que es lo que viene a continuación.
21Jesús
repitió: Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. 22Y,
dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo; 23a
quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los
retengáis, les quedan retenidos.
Jesús les pone en su mismo camino. La misión de los suyos es la misma que
la suya.
Imaginarse a Jesús Resucitado llenando los pulmones de aire y a
continuación expulsando por la boca soplándoles a todos, además de ridículo, resulta
bastante de ficción.
La imagen hace referencia a la primera creación, Gén 2,7. Dios sopló en
la nariz de aquella figura de barro, símbolo de la fragilidad humana, su
espíritu de vida y el hombre fue un ser viviente. Aquí, ahora, culmina la obra
creadora, recoge la misma imagen. El que tiene experiencia del Resucitado se
convierte en una persona nueva. Con la plenitud del Espíritu, la comunidad, ya
tiene capacidad de amar hasta el extremo, de entregarse totalmente como él, y
eso es lo que libera del pecado.
El evangelista Juan no concibe el pecado como una mancha puntual, sino
como una actitud del individuo. Pecar es ser cómplice de la injusticia
encarnada en un sistema opresor, cuando el individuo cambia de actitud, cesa su
pecado. Para Juan, pecado es integrarse
en el orden injusto, bien por propia decisión, o bien, porque no se conoce otra
posibilidad.
A quienes perdonéis… “A quienes liberéis de sus cadenas que
esclavizan con la fuerza del Espíritu que os doy, quedan liberados". No se
trata solo del sacramento de la Penitencia, que también, sino de que a todos nos
da las fuerzas del Espíritu con el que podamos ayudar a liberar del pecado (del
orden injusto) a los demás. Y por el contrario, a quienes se aferren a su
situación de injusticia opresora, les imputa de un modo constante su
esclavitud, su estado de pecado.
El Espíritu se da como fuerza para sacar a los demás, que libremente quieran salir, de
su situación de pecado y, al mismo tiempo, para los que libremente se siguen
aferrando a su situación, para poner de manifiesto la situación en la que
están. Los discípulos reciben el Espíritu
Santo para liberar al ser humano que sin culpa alguna vive menguado y
prisionero de la única realidad que conoce. Reciben el Espíritu Santo para
mostrar al ser humano que vive en tinieblas el proyecto luminoso que Dios tiene
sobre él.
[1] La expresión al tercer día resucitó significa que la
muerte del cuerpo físico de Cristo existió. Tres es un número que indica
totalidad. No hay duda. En lo físico, está totalmente muerto a este mundo. Pero
la muerte de lo físico no implica la muerte de la vida. La muerte para los
judíos comienza el cuarto día; hasta ese día, el alma ronda el cuerpo queriendo
volver a él, al cuarto día desiste porque la corrupción es evidente. Pero en
Jesús el cuarto día no llega nunca, la muerte no existe. Es un modo de
expresarnos en este mundo nuestro, sujetos al espacio y al tiempo, pero en su
literalidad no se atiene a la realidad sin tiempo que hay más allá, cuando
muere nuestro cuerpo físico.
[2] El verbo “ver”,
en griego, se dice de tres maneras: “blepo”,
ver con los ojos; “zeoreo”, cuando lo físico empieza a trascender y “orao”,
ahora lo entiendo. Es, sobre todo, en
este tercer sentido al que se refieren los evangelistas cuando hablan de que los discípulos vieron al Señor.

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