jueves, 2 de julio de 2015

SEMANA XIII
VIERNES
SANTO TOMÁS APÓSTOL

Juan 20,24-29
24Tomás, unos de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: -Hemos visto al Señor.
25Pero él les contestó: -Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos Y no meto la mano en su costado, no lo creo.
26A los ocho días estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos.
Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: Paz a vosotros. 27 Luego dijo a Tomás: -Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.
28 Contestó Tomás: -¡Señor mío y Dios mío!
29Jesús le dijo: -¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto.

COMENTARIO
24 Tomás, unos de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: -Hemos visto al Señor.
25 Pero él les contestó:-Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos Y no meto la mano en su costado, no lo creo.
El caso de Tomás, como después el de Pedro (21,15) son paradigmáticos, ejemplarizantes, modélicos, son personas históricas con una función simbólica, y solo se entienden a la luz de este evangelio.

Quizás Tomás sea un hombre herido, con heridas abiertas, y necesita el contacto con unas heridas luminosas, cicatrizadas y curadas para curar las suyas.
En toda esta escena no hay ninguna referencia a lo externo ni a la visión. La expresión “Hemos visto al Señor” quiere decir hemos tenido experiencia del Resucitado, hemos tenido luz, ahora comprendemos, ahora vemos claro.
Tomás no hace ni dice nada en ningún evangelio, es solo un nombre más en medio de una lista. En cambio, en el evangelio de Juan es el “mellizo” de Jesús, es decir, al igual que Jesús, está dispuesto a dar la vida por él, (11,16) “vayamos y muramos con él. En el cenáculo (2ª escena en la que aparece Tomás) afirma “No sabemos dónde vas ¿cómo podremos saber el camino?”. Está dispuesto a dar su vida, pero sin saber a dónde va. Tanto entusiasmo ciego se ha visto defraudado por la cruda realidad. Su entusiasmo, como el de Pedro, era grande, pero su compresión de Jesús era incorrecta. Tanto Tomás como Pedro aparecen como personajes con muchos impulsos y poca cabeza, nacida por no escuchar al que es la Palabra, por eso acaban tan heridos. Jesús comprendiendo todo y, especialmente, su situación tiene con cada uno un “aparte” para que curen sus heridas. Las heridas de la incredulidad y la negación solo se reparan, se curan, con un encuentro personal. Con estos dos discípulos Jesús lo tiene.

Cuando alguien tan entusiasta, tan lanzado incondicionalmente y con unos cimientos tan flojos, se topa con la cruda realidad, el golpe es tan monumental que uno se desapunta del grupo, de la comunidad.  Tomás se borró del grupo, “no estaba con ellos cuando vino Jesús”.
En esta situación de desamparo, es cuando él contesta que no volverá a creer hasta que no vea, hasta que no experimente que todo este desastre acaba en vida, es otra cosa. Necesita curar sus heridas y solo se curarán cuando experimente, "toque", sus heridas curadas. Necesita ver sus heridas en profundidad y meterse hasta el fondo para que viendo las suyas curadas, que tienen sentido, poder curarlas. Necesita ver que la entrega tiene sentido.

 “Si no veo… no creo”. Tomás no creerá hasta que no comprenda desde la fe. No cree hasta que no experimente. De aquí la bienaventuranza del final, “dichosos los que creen sin haber visto”, dichosos los que creen aún sin comprender y experimentar.
Hay gente muy herida y, a la vez, su fe en Cristo es sin condiciones. La bienaventuranza es para los de la fe incondicional.

26 A los ocho días estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos.
No se trata de días físicos, está describiendo el mismo y único día que existe, el de la Resurrección. En la liturgia no existe el tiempo, y estamos en una eucaristía, solo existe el único día: el de la Resurrección. Jesús Resucitado acude puntual todos los días a todas las citas eucarísticas. Tomas, muy herido, autoexcluido por despecho y frustración, fracasado, pero con la esperanza de volver a creer en la luz que le ayudase a cicatrizar sus heridas, vuelve a ilusionarse, vuelve a la comunidad, “y Tomás con ellos”.

Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: Paz a vosotros. 27 Luego dijo a Tomás: -Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.
Jesús se hace presente de la misma forma y les saluda del mismo modo, se presenta en medio de ellos estando las puertas cerradas. No es una presencia física, es una presencia espiritual, íntima, sacramental, por eso aparece en medio de ellos, en la mesa donde están bendiciendo el pan, en su interior, porque están en oración comunitaria, donde cada cual acude con sus historias, Jesús resucitado se acerca a cada uno de modo diferente, del modo que necesitan.

Jesús acude a la cita comunitaria pero tiene un “apartado” especial con quien lo necesita. Dice a Tomás, “Acerca aquí tu dedo”, se trata del dedo físico de Tomás y de su mano física. “Mira mis manos”, sus manos no son físicas como las de Tomás, porque el verbo mirar/ver que aparece aquí es el verbo interior/profundo/espiritual/de fe. El evangelista está narrado el proceso por el cual el ser humano físico, terrenal, cura sus heridas, sus desencantos, mediante un acercamiento espiritual/de fe, en una oración comunitaria a la que le han llevado unos amigos.

Tomás ha llegado a esta reunión litúrgica, a esta oración comunitaria, y en ella se le han abierto los ojos de dentro, la luz interior, la que ilumina y da sentido a aquello que lo considera un absurdo. Con esta luz llega al fondo, “mete los dedos y la mano entera en el costado”. La frase expresa como con la luz de dentro, con los ojos del Espíritu, de la fe, puede llegar a lo profundo y curarlo todo. "Viendo" como las heridas están curadas y son luminosas, las de Cristo resucitado, puede hacer otro tanto con las suyas. El relato habla del poder sanador que unas heridas cicatrizadas pueden tener para otro que las tiene abiertas, y de este modo, recuperar el entusiasmo, la confianza de antes, solo que ahora con el mejor cimiento y las mejores bases. Tomas no solo escucha y obedece, sino que ha llegado al fondo, a los cimientos, y comienza a construir desde el que es la Roca, construye con certeza y seguridad, “y no seas incrédulo sino creyente”.

28 Contestó Tomás: -¡Señor mío y Dios mío!
La frase, evidentemente, no es de Tomás, sino del evangelista que la pone en sus labios y que es el punto culminante del relato y de todo el evangelio. Es una frase  del catequista Jn puesta en boca de Tomás que corona un sin fin de confesiones cristológicas diseminadas a lo largo de todo el evangelio y que es coincidente con lo dicho en el principio, “es Dios”.

29 Jesús le dijo: -¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto.
La pregunta de Jesús es una constatación. Tomás ha creído porque ha tenido una experiencia pascual. Hay gente muy herida que necesita una experiencia especial para volver a encantarla. Jesús no escatima nada al discípulo que realmente lo necesita y lo pide.

"Dichosos los que crean sin haber visto". Esta expresión es una bienaventuranza (Juan solo tiene dos bienaventuranzas, esta y la de 13,17, después del gesto del lavatorio de los pies[1]), es decir, bienaventurados los que tiene una fe tan fuerte que se pueden abandonar a ella sin pedir experiencias especiales, bienaventurado el que no está tan profundamente herido o el que estándolo permanece en su fe, bienaventurado al que sus heridas no le llevan al desencanto y a desapuntarse.

30 Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos.
31 Estos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su Nombre.    
Es una primera conclusión del evangelio, la segunda será en Jn 21, 24-25. El evangelista  afirma que el escrito ofrece datos suficientes para dar a entender a Jesús como Mesías e Hijo de Dios.




[1]La vida es un servicio humilde a favor de los demás lavando y haciendo descansar sus pies para que prosigan mejor el camino. Dice Jesús: "sabiendo todo esto, seréis dichosos si lo ponéis en práctica". Es decir: sabiendo que la vida es servicio serás dichoso si sirves de verdad. Como se apunta en el texto, Jn solo tiene dos bienaventuranzas: una, respecto a Dios, "dichosos los que tenéis una fe tan profunda que nada la tambalea", es decir, una fe tan bien cimentada que no necesita experiencias especiales para sostenerse; otra, respecto a los hombres, "dichosos vosotros si hacéis de vuestra vida un humilde servicio de amor a favor de los demás". Son las dos claves para una  existencia feliz, fe en Dios y amor al semejante.


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