“Hacia el año 9 a.C., los pueblos griegos de
la provincia romana de Asia tomaron la decisión de cambiar el calendario. En
adelante la historia de la Humanidad no se contaría a partir de la fundación de
Roma, sino a partir del nacimiento de Augusto. La razón era de peso. Él había
sido "Buena Noticia" (euangelion) para todos, pues había traído la
paz introduciendo en el mundo un orden nuevo. Augusto era el gran
"bienhechor" y "salvador".
Los cristianos
comenzaron a proclamar un mensaje muy diferente: "La Buena Noticia no es
Augusto sino Jesús". Por eso, el evangelista Marcos tituló así su
evangelio: "Buena Noticia de Jesús, el Mesías, Hijo de Dios". Y por
eso, en su evangelio, el mandato final del resucitado es éste: "Id al
mundo entero y proclamad la Buena Noticia a toda la creación".
"Buena
noticia" es algo que, en medio de tantas experiencias malas, trae a la
vida de la gente una esperanza nueva. Las "buenas noticias" aportan
luz, despiertan la alegría, dan un sentido nuevo a todo, animan a vivir de
manera más abierta y fraterna. Todo esto y más es Jesús, pero ¿cómo proclamarlo
hoy como Buena Noticia?
Podemos
explicar doctrinas sublimes acerca de Jesús: en él está la
"salvación" de la humanidad, la "redención" del mundo, la
"liberación" definitiva de nuestra esclavitud, la
"divinización" del ser humano. Todo esto es cierto, pero no basta. No
es lo mismo exponer verdades cuyo contenido es teóricamente bueno para el
mundo, que hacer que la gente pueda experimentarle a Jesús como algo
"nuevo" y "bueno" en su propia vida.
No es difícil
entender por qué la gente le sentía a Jesús como "Buena Noticia".
Todo lo que él
decía les hacía bien: les quitaba el miedo a Dios, les hacía sentir su
misericordia, les ayudaba a vivir comprendidos y perdonados.
Toda su manera
de ser era algo bueno para todos: era compasivo y cercano, acogía a los más
olvidados, abrazaba a los más pequeños, bendecía a los enfermos, se fijaba en
los últimos.
Toda su
actuación introducía en la vida de las personas algo bueno: salud, perdón,
verdad, fuerza interior, esperanza.
¡Era una
suerte encontrarse con él!”
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