sábado, 19 de diciembre de 2015

SEMANA IV DE ADVIENTO
DOMINGO
IV ADVIENTO

1.    TEXTO
Lucas 1,39-45

39Por aquellos días María se puso en camino y fue a toda prisa a la sierra, a un pueblo de Judá; 40entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. 41Al oír Isabel el saludo de María, la criatura dio un salto en su vientre e Isabel se llenó de Espíritu Santo. 42Y dijo a voz en grito:
¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! 43Y ¿quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? 44Mira, en cuanto tu saludo llegó a mis oídos la criatura saltó de alegría en mi vientre. 45 ¡Y dichosa tú por haber creído que llegará a cumplirse lo que te han dicho de parte del Señor!

2.    COMENTARIO
El nexo temporal que une esta nueva escena con la Anunciación   (Cfr. Solemnidad de la Inmaculada, Lucas 1,26-38) es de los más estrechos,
Lucas subraya la prontitud de María para el servicio. El Israel fiel, María, que vive fuera del influjo de la capital (Nazaret de Galilea) va en ayuda del judaísmo oficial, Isabel, que vive en Judá, nombre de la tribu en cuyo territorio estaba Jerusalén.
Al igual que el ángel entró en María y la saludó con el saludo divino, María entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Aquí habría sido más lógico dirigirle un saludo a Zacarías, el sacerdote dueño de la casa. Sin embargo, de modo desconcertante, ignora a Zacarías y dirige su saludo a Isabel. Zacarías queda excluido.

El saludo de María comunica el Espíritu a Isabel y al niño. Isabel se llenó de Espíritu Santo. Esta presencia del Espíritu se traduce en un grito poderoso y profético. La actividad de Jesús será definida precisamente por este niño, Juan, llamado el Bautista. María, estando llena de Espíritu Santo, transmite vida. Su saludo es más que una expresión verbal, representa una transmisión de energías vitales. Con su saludo transmite el Espíritu a Isabel, e Isabel queda bautizada en el Espíritu, sensible a este amor de Dios, hasta tal punto que el niño salta de gozo en su seno.

Isabel habla como profetisa. Se siente pequeña e indigna ante la visita de la que lleva en su seno al Señor del universo. Sobran las palabras y explicaciones cuando uno ha entrado en la sintonía del Espíritu. La que lleva en su seno al que va a ser el más grande de los nacidos de mujer declara bendita entre todas las mujeres a la que va a ser Madre del Hombre nuevo, nacido de Dios. 

Aquí se alude por primera vez a la fe-adhesión de María al plan de Dios: porque has creído. Una fe no exenta de dificultades y oscuridades que necesitará una buena dosis de reflexión y maduración desde los primeros instantes de la vida de Jesús. (Lc 2,19.33.50.51). No todo debió ser tan clarividente para María. La Anunciación fue, más bien, el resultado de la reflexión de la primitiva comunidad cristiana acerca de los orígenes de Jesús y del papel de María. El camino de ésta hasta la adhesión plena al plan de Jesús pasa, desde los primeros años de la vida de Jesús, por la reflexión, meditación, sorpresa e incomprensión de lo que se dice sobre el niño o lo que éste hace. María necesita comprobar las palabras del ángel: también tu pariente Isabel, en su vejez, ha concebido un hijo..."

Lo que dice Isabel no es sólo un elogio hacia María, fruto de la admiración. Suena también como un reproche hacia su marido Zacarías porque, a diferencia de María, no ha creído en la palabra del Señor y, por esto, ha caído en desgracia. El evangelista presenta un doble contraste: María ha creído en algo que no había sucedido jamás en la historia de Israel y se ha fiado; Zacarías, en cambio, el sacerdote, no ha creído en algo que ya había sucedido con frecuencia en el pasado del pueblo.

La primera bienaventuranza que encontramos en el evangelio de Lucas va, pues, dirigida a María: bendita la que ha creído que se cumpliría la palabra del Señor. La última bienaventuranza que aparece en los evangelios, esta vez no en Lucas, sino en el evangelio de Juan, a mi juicio, puede ser atribuida también a María: bienaventurados los que creerán sin necesidad de ver. En María ambas bienaventuranzas tienen pleno significado: bienaventurada la que ha creído en las palabras del Señor, con una fe que no le ha creado la necesidad de ver. Así María, es madre, y además discípula, seguidora en la fe de ese Dios que se encarna en sus entrañas. ¡Todo un misterio!

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