JUEVES DESPUÉS DE CENIZA
11 DE FEBRERO
Lucas 9,22-25
21Él
les prohibió terminantemente decírselo a nadie, 22porque decía: El
Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos
sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día.
23Entonces
decía a todos: Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo,
tome su cruz cada día y me siga. 24Pues el que quiera salvar su vida
la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa la salvará. 25¿De
qué le sirve a uno ganar el mundo entero si se pierde o se arruina a sí mismo?
COMENTARIO
Primero
Jesús los ha desendemoniado, después los ha hecho enmudecer. Ahora les revela
el destino fatal del Hombre que pretende cambiar el curso de la historia.
Detrás de este impersonal tiene que
se adivina el plan de Dios sobre el hombre: puede tratarse tanto del plan que
Dios se ha propuesto realizar como de lo que va a suceder de forma inevitable,
atendiendo a que el hombre es libre.
Jesús
acepta fracasar como Mesías, como lo aceptó Dios cuando se propuso crear al
hombre dotado de libertad. El fracaso libremente aceptado es el único camino
que puede ayudar al cristiano a cambiar de actitudes frente a los supremos
valores del éxito y de la eficacia. Jesús encarna el modelo de hombre querido
por Dios. Cuando lo muestre, sabe que todos los poderosos de la tierra sin
excepción se pondrán de acuerdo: será ejecutado como un malhechor. No bastará
con eliminarlo. Hay que borrar su imagen. En la enumeración no falta ningún
dirigente:
·
ancianos o senadores, representantes
del poder civil, los políticos;
·
los sumos sacerdotes, los que ostentan el poder
religioso supremo, los máximos responsables de la institución del templo;
·
los escribas, los escrituristas, teólogos y
especialistas en leyes, los únicos intérpretes del Antiguo Testamento
reconocidos y autorizados por la sociedad judía.
Lo
predice a los discípulos para que cambien de manera de pensar y se habitúen a
ser también ellos unos fracasados ante la sociedad judía, aceptando incluso una
muerte, infamante con tal de cumplir su misión. Pero el fracaso no será
definitivo. La resurrección del Hombre marcará el principio de la verdadera
liberación. El éxodo del Mesías a través de una muerte ignominiosa posibilitará
la entrada a una tierra prometida donde no se pueda instalar ninguna clase de
poder que domine al hombre.
Inmediatamente
después Jesús se dirige a todos los discípulos, tanto a los Doce, que ya se
habían hecho ilusiones de compartir el poder del Mesías, como a los otros
discípulos.
Jesús
pone condiciones. A partir de ahora es más exigente. Como los discípulos,
todos tenemos falsas ideologías que se nos han infiltrado a partir de los
“valores” de la sociedad en que vivimos.
Jesús
habla de tres cosas:
·
negarse a sí mismo. Es renunciar al interés
personal (a nuestros cinco panes y dos peces del episodio anterior, Lc
9,10-17). Equivale a “no tener nada que ver” con la persona de la que se
reniega; es descentrarse, no ser ya el centro de su propio proyecto. Es poner
la vida entera al servicio del otro, en este caso el proyecto de Jesús.
A
esto Jesús le llama perder la vida
por él. Y quien lo haga así, ganará, salvará
su vida. Jesús no pretende quitarnos valor sino orientar nuestras energías
y valores a la construcción del Reino que él inició negándose, también Él, a sí
mismo, para cumplir en todo la voluntad del Padre.
·
tomar la cruz: a seguir el camino de la
entrega, del servicio, de la humildad. ¿Es soportarlo todo sin chistar como si
toda contrariedad nos la mandara Dios mismo? ¿Es someterse al dolor por el
dolor, como si el dolor fuera un valor en sí mismo? Entenderlo así nada tiene
que ver con la condición que pone Jesús para que sigamos sus pasos. Jesucristo
quiere decir que todos los discípulos tienen que estar dispuestos a vivir de la
misma manera que él vivió, aun sabiendo que este estilo de vida les va a acarrear
la persecución y quizá la muerte. Esa es la cruz de Jesús y también debe ser la
nuestra.
·
me siga, seguirme. Hacer lo anterior es seguir a
Jesús.
En
el seguimiento de Jesús es preciso asumir y asimilar que las cosas no nos irán
bien. Es preciso aceptar que nuestra tarea no tenga eficacia. Ser discípulo de
Jesús quiere decir aceptar que la gente no hable bien de nosotros; incluso que
nos consideren un desgraciado o un marginado de las espirales del poder, sea en
el ámbito político, religioso o científico.
Negarse a sí
mismo y cargar con la cruz equivale a hacer
suyo, cada uno de nosotros, el camino de Jesús. Él se negó a tomar el poder y
la fuerza y la fama como medios para servir y salvar a los hombres. Jesús
escogió el único camino que conduce al corazón del hombre: la solidaridad con
todos los desgraciados de la tierra. Este fue el camino de Jesús. Intentar
seguir a Jesús desde la instalación, la falta de compromiso, el pacto con los
poderosos, aunque pueda parecer muy razonable, es un camino falso. Es pensar como los hombres y no como Dios (texto
paralelo en Mt 16,23).
El texto
no dice que nos cargan con la cruz, sino que somos nosotros los que tenemos que
tomarla. La cruz (entrega, servicio, humidad) es el modo de afrontar la vida. Y
esto ha de hacerse desde el corazón, desde la convicción personal. El que no lo
está ni llega en algún momento de su vida al convencimiento de que la entrega,
el servicio y la humildad, es decir, la cruz, es nuestro estilo de vida,
nuestra forma de caminar, pierde la vida.
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