sábado, 16 de abril de 2016

SEMANA IV DE PASCUA
DOMINGO

Juan 10,27-30
27Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, 28y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de mi mano. 29Mi Padre, lo que me ha dado, es mayor que todo, y nadie puede arrebatarlas de la mano de mi Padre. 30Yo y el Padre somos uno.

1.    COMENTARIO
Jesús, se presenta como el enviado del Padre, con la única misión de liberar al pueblo, de hacer lo posible y comprometerse hasta el fondo para que la gente sea liberada de lo que la oprime, de lo que no permite que la vida de cada una de estas personas se pueda vivir de manera digna.

Los que son de Jesús lo escuchan, es decir, le prestan adhe­sión, no de palabra o de principio, sino de conducta y de vida, me siguen, comprometiéndose con él y como él a entregarse sin reservas a liberar y promocionar al hombre. Jesús comunica a los que lo siguen una vida que supera la muerte y les da la seguridad no perecerán jamás, y esa fuerza de vida, que es el Espíritu, los une a él de tal modo que nadie podrá separarlos de su persona.

Jesús habla de sí mismo cómo el pastor que viene no para dominar sino para dar la vida. Jesús se presenta e identifica como un pastor que está dispuesto a dar la vida por sus ovejas y por este motivo las ovejas que conocen su voz, como las ovejas en el rebaño hacia el pastor, se fían de Él. Nada podrá impedir que esta intimidad y comunión total entre las personas y Jesús mismo se pueda llevar adelante.
Esta comunión significa que la persona recibirá la misma condición divina, la misma vida de Dios se encarnará en su persona. Por esto, el ser humano podrá tener una calidad de vida única, con una confianza y una seguridad que nadie podrá impedirle llevar adelante su propósito de ser una persona auténtica. Jesús afirma, de manera radical, que nadie ni nada podrá arrebatar de su mano lo que el Padre le ha dado: el Padre le ha dado el bien de la gente y Jesús se compromete como el pastor que da la vida por las ovejas para que este bien se pueda realizar en toda su plenitud.
Yo y el Padre somos uno. Estas palabras, tan llenas de esperanza y que inspiran muchísima confianza en los que las oyen, obtienen una respuesta muy negativa por parte de las autoridades religiosas, sobre todo cuando Jesús afirma que Él y el Padre son uno, que no hay ninguna diferencia, que viendo a Jesús y aceptándolo, uno está viendo a Dios y está aceptando a Dios por el mismo motivo que rechazar a Jesús y rechazar su obra y no dar adhesión a su palabra significa rechazar al mismo Dios, significa negarlo, no reconocerlo presente en la vida de cada uno y en la historia.
La identificación entre Jesús y el Padre excluye toda instancia superior. La oposición a Jesús es oposición a Dios.
Estas palabras son muy fuertes, son palabras que en los oídos de los jefes del pueblo, de las autoridades religiosas, son inaceptables, y por ese motivo, cuenta el evangelista, las autoridades cogieron piedras para apedrear a Jesús, para matarlo (v.31).
No se explica cómo en un ambiente tan sagrado, como era el Templo de Jerusalén, se pueda desencadenar un odio homicida hacia una persona inocente.
El evangelista está denunciando a la misma institución religiosa judía que se ha adulterado completamente, ya no tiene función alguna en la vida del pueblo. Jesús enseñará que la única morada de Dios, el único lugar donde Dios puede habitar y resplandecer su gloria (=toda la presencia del Padre cuando la persona es capaz de poner su vida a servicio de los demás) es en la persona humana, en la persona de Jesús, en el modelo de humanidad que Él nos presenta. Esto significa que el Templo, con todas sus instituciones, ha pasado, se ha acabado, ya no tiene ninguna incidencia, ninguna importancia, ningún poder sobre la vida de la gente.
Por todo esto, los jefes religiosos no aceptan a Jesús, su mensaje es peligroso, libera a la gente de cualquier tipo de opresión o dominio que puedan sentir sobre su vida.

Seguir a Jesús significa hacer experiencia profunda del mismo Dios, sentir el resplandor de su vida y de su gloria en la misma carne, en la persona, en cada individuo. No hay nada que pueda impedir ni obstaculizar esta comunión profunda entre Dios y los hombres.
Acoger a Jesús significa ser esa morada, casa, hogar, en la que resplandece todo el amor del Padre. Y a través de este amor comprometerse hasta el fondo por el bien de los demás y demostrar que somos también nosotros uno solo con el Padre y con Jesús.

2.    ORACIÓN
Una tarde escuché Su voz:
No tengas miedo...
Tus defensas últimamente están siendo inútiles.
Haces mal juzgando tu valía por la fuerza de tus inútiles defensas.
Sólo Yo soy tu roca,
tu refugio
y tu fuerza.
Si entiendes esta verdad
llegarás a saber cuál es tu valía real,
porque eres precioso a mis ojos
y Yo te amo. 
Estoy a tu puerta llamando,
si me abres, cenaremos juntos.
Tú y yo somos una persona indivisa.
Tú y yo;
Tú estás en mí y yo en ti;
Estate en mi casa como yo estoy en la tuya.

Yo escuchaba mi propia voz:
"Sabes que eres inconstante, vano,
estúpido,
una desesperada mezcla de creencias e increencias,
tan resuelto y estable como las hojas del otoño movidas por el viento. Ignora los vapores de una imaginación cansada,
deja de perder el tiempo,
de soñar
y dedícate a un trabajo serio".

Afortunadamente, oí su voz:  
¿Quién es más grande, tu ojo, tu pecado o mi bondad,
tu inconstancia o mi fidelidad,
tu estupidez o mi sabiduría?

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