MIÉRCOLES, 22 DE ABRIL
Juan 3,16-21
16 Porque
tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree
en él no perezca, sino que tenga vida eterna. 17Porque Dios no envió
a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por
él.
18El
que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha
creído en el nombre del Unigénito de Dios.
19Este
es el juicio: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a
la luz, porque sus obras eran malas. 20Pues todo el que obra el mal
detesta la luz, y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras.21En
cambio, el que obra la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras
están hechas según Dios.
COMENTARIO
La razón de todo el actuar de Jesús es
el amor de Dios por la humanidad. Subraya el texto hasta dónde ha llegado
ese amor: Dios no se ha reservado para sí a su Hijo único, sino que lo ha dado
para que todo ser humano tenga plenitud de vida.
La expresión su Unigénitoalude
a la historia de Abrahán, que llegó a exponer a la muerte a su hijo único o
amado, Isaac (Gén 22,2).También Dios, por amor a la humanidad, entrega al
peligro de muerte a su Hijo único, para que todo ser humano tenga plenitud de
vida.
Creer
en Jesús como a Hijo único o amado de Dios equivale a creer en las
posibilidades del hombre, viendo el horizonte que el amor de Dios abre al género
humano. Significa aspirar a la plenitud que aparece en Jesús y ha
sido hecha posible por él, modelo de los hijos de Dios que nacen por su
medio.
La única condición tener éxito en la vida es creer al Hijo, tener afecto a lo más noble de la condición humana. Dios
no quiere que los hombres perezcan,
es decir, que acaben en la muerte, en fracaso. Dios no se acerca al mundo en su
Hijo para condenar al mundo; no es
un Dios enfadado contra el género humano: es puro amor, pretende sólo salvar
mediante el Hijo, es decir, comunicar a los hombres plenitud de vida hasta
superar la muerte.
En consecuencia, no hay juicio por
parte de Dios; él no juzga. Es el hombre mismo el que, por su opción,
determina su suerte. Quien opta por la vida que Dios ofrece en Jesús, tendrá
vida; quien rechaza la vida, firma su propia sentencia.
La Ley era norma de conducta. Ahora, es el Hijo del hombre levantado en alto el que expresa el amor hasta el
fin. Él es la luz que penetra la tiniebla y distingue actitudes. Su figura
descubre la opción profunda del hombre; este puede aceptar la luz-vida o rechazarla:
·
El que opta contra la vida-amor elige la muerte. La
razón de la opción mala es que el que
obra el mal detesta la luz, es el modo de obrar de los opresores y
explotadores, de los causantes de muerte, de los
que prefieren la tiniebla, que les proporciona justificaciones ideológicas a
su manera de proceder; detestanla luz, porque no pueden soportar
su denuncia. No son doctrinas las que
separan de Dios, sino conductas, sus
obras.
·
El
que obra la verdad se acerca a Jesús. No teme a la luz porque no tiene nada de qué
avergonzarse; aunque no lo supiera, su modo de obrar estaba apoyado por Dios.
No hay comentarios:
Publicar un comentario