MARTES
Lucas 14,15-24
15Uno
de los comensales dijo a Jesús: ¡Bienaventurado el que coma en el reino de
Dios! 16Jesús le contestó: Un hombre daba un gran banquete y convidó
a mucha gente; 17a la hora del banquete mandó a su criado a avisar a
los convidados: "Venid, que ya está preparado". 18Pero
todos a una empezaron a excusarse. El primero le dijo: "He comprado un
campo y necesito ir a verlo. Dispénsame, por favor". 19Otro
dijo: "He comprado cinco yuntas de bueyes y voy a probarlas. Dispénsame,
por favor". 20Otro dijo: "Me acabo de casar y, por ello,
no puedo ir". 21El criado volvió a contárselo a su señor.
Entonces el dueño de casa, indignado, dijo a su criado: "Sal aprisa a las
plazas y calles de la ciudad y tráete aquí a los pobres, a los lisiados, a los
ciegos y a los cojos". 22El criado dijo: "Señor, se ha
hecho lo que mandaste, y todavía queda sitio". 23Entonces el
señor dijo al criado: "Sal por los caminos y senderos, e insísteles hasta
que entren y se llene mi casa. 24Y os digo que ninguno de aquellos
convidados probará mi banquete".
COMENTARIO
El ambiente en el que se
desarrolla la parábola es festivo y salvador, la exclusión se debe únicamente a
la voluntad del invitado.
16Jesús le contestó: Un hombre
daba un gran banquete y convidó a mucha gente; 17a la hora del
banquete mandó a su criado a avisar a los convidados: "Venid, que ya está
preparado".
Hay dos personajes que están a lo largo de toda la
parábola: 1) un hombre sin nombre,
que dispone todo, que quiere celebrar un banquete (3 veces aparece esta palabra
como símbolo de que es un banquete total, para todos). Todo su objetivo es este
banquete, esta comida festiva, y de
llenar su casa totalmente. Su voluntad de invitación se impone en extensión e
intensidad a las decepciones y negativas del principio. Este hombre es símbolo
de quién y cómo es Dios, como actúa, es un Dios incognoscible e innombrable. El
dueño de la casa, el anfitrión, tiene una relación total con el siervo, el criado. Su misión es notificar a todo
el mundo, ya que todos están invitados, que el banquete está listo. Es el
mediador entre Dios, anfitrión del banquete salvador del Reino, y los
invitados, los seres humanos en su totalidad. Debajo de Él está, en una lectura
alegórica, Jesús. 2) Un criado, un
siervo, en constante conexión entre el señor y los invitados. Es un servidor y
un mediador eficiente: conoce perfectamente la casa de su señor, las casas de
los invitados, todas las calles y plazas de la ciudad, todos los caminos y
cercas de la ciudad. Este perfecto criado y mediador vive en la casa con su
señor, su misión es la del señor, conocer su voluntad, conocer perfectamente
todas las situaciones, circunstancias y lugares, se rebaja continuamente, no
puede ser otro que Jesús.
La invitación del hombre se desarrolla en 3 direcciones,
desde el centro hacia fuera: los primeros invitados son los más cercanos,
familia y amigos; después, son los de toda la ciudad, superando los prejuicios
de clase; y por último, los de fuera de la ciudad, los marginados, superando
los prejuicios étnicos y de pureza. No son campesinos, sino personas sin tierra
que viven al margen, mendigos, curtidores, prostitutas,...personas a las que se
les permitía estar en la ciudad de día pero no de noche.
Así, pues, la parábola consta de 3 envíos a 3 tipos de
invitados. 3 simboliza la totalidad. La invitación, por tanto, es a todos.
Simbólicamente, hablando, la parábola nos habla de Dios
que invita a todos a la salvación (amigos, ciudad entera, fuera de la ciudad),
a la felicidad, figurada en un banquete. La invitación es universal, pero nadie
puede entrar sin invitación. De nosotros depende entrar, asistir, o quedarnos
fuera e ir excusándonos. Somos nosotros los que nos auto-excluimos o los que
respondemos a la invitación del señor. El ser humano es incapaz de salvarse por
sí mismo, la invitación viene fuera de él, viene de Dios, pero el ser humano
puede perderse por su propia decisión.
18Pero
todos a una empezaron a excusarse. El primero le dijo: "He comprado un
campo y necesito ir a verlo. Dispénsame, por favor". 19Otro
dijo: "He comprado cinco yuntas de bueyes y voy a probarlas. Dispénsame,
por favor". 20Otro dijo: "Me acabo de casar y, por ello,
no puedo ir".
Las invitaciones en la antigüedad seguían el siguiente
proceso: primero, una invitación o billete por escrito, como ahora, y una
segunda llamada oral en la que se notificaba que todo estaba listo y preparado,
esto último se realizaba el mismo día del banquete con un par de horas de anticipación.
Esta segunda llamada era una simple formalidad, ya que si hubiese un
impedimento mayor, este debería comunicarse en el momento de la primera
invitación. Un rechazo en el último instante manifestaba mala educación y
descortesía. Como vemos en la parábola, los tres, es decir todos, declinan la
invitación.
Los invitados se excusan de su asistencia al banquete, que
está abierto a todos. Todas las excusas son absurdas, sencillamente cumplen una
función social de excusa porque no están de acuerdo y desaprueban el banquete.
Las excusas hacen referencia al dinero o a la boda, por eso las excusas son he comprado, me acabo de casar. Las excusas simbolizan la lección de la
ambición: no podéis servir a dos señores,
a Dios y al dinero Lc 16,13, o te desposas con Dios, a través de la entrega
o con la ambición.
No se desaprueba ni los bienes, ni el deseo de poseerlos
ni el disfrute de los mismos, todo eso es bueno. Lo que se rechaza es la
orientación del deseo cuando se absolutiza y hace cambiar de señor y de
alianza. La parábola nos invita a una fiesta compartida en un banquete que da
plenitud, descalificando la posesión solitaria de cosas o personas que produce
la invitación universal al banquete de la plenitud.
21El
criado volvió a contárselo a su señor. Entonces el dueño de casa, indignado,
dijo a su criado: "Sal aprisa a las plazas y calles de la ciudad y tráete
aquí a los pobres, a los lisiados, a los ciegos y a los cojos".
El criado cuenta lo sucedido, la invitación del señor ha
sido rechazada, es gente que decide no entrar al banquete como el hijo mayor de
la parábola del padre bueno Lc 15, no entran, no vienen, sino que se van en la
dirección distinta a la de la casa el banquete.
De todas maneras esto no frustra el banquete ni la
invitación. El mismo enojo que impide al hijo mayor entrar, empuja a este señor
para que todos entren. Inmediatamente, el señor vuelve a convocar a nuevos
invitados. La salvación es urgente, por eso el siervo es enviado de nuevo. Es
símbolo de la palabra enviada por Dios que no cesa, el señor invita
constantemente a entrar.
La invitación, en esta ocasión, es toda la ciudad, a la
totalidad de los necesitados, a los que saben que les falta plenitud, a los que
se alegran simplemente por entrar. No hay nada mejor que sentirse pobre, lisiado, ciego y cojo para acoger
la llamada, la invitación. Esta es nuestra realidad. Sin la palabra iluminadora
y rica, sin su fuerza que nos pone en pie y guía nuestro lento caminar, no
conseguimos nada. Entre líneas se nos dice que estos si hicieron caso a la
invitación y entraron en el banquete del señor.
22El
criado dijo: "Señor, se ha hecho lo que mandaste, y todavía queda
sitio". 23Entonces el señor dijo al criado: "Sal por los
caminos y senderos, e insísteles hasta que entren y se llene mi casa. 24Y
os digo que ninguno de aquellos convidados probará mi banquete".
Pero todavía quedaba sitio. Hay
una tercera salida (3 indica la totalidad de salidas, de invitaciones). Todo
ser humano es invitado, también los de
fuera de la ciudad.
Aprémiales a entrar, significa que los de fuera del judaísmo, los
gentiles, están obligados a acabar con sus reticencias para entrar en el
banquete cristiano, superando los obstáculos originarios pensando en Cristo
como un simple reformista judío. Este verbo no tiene que ver con la violencia
física o la agresividad, sino con la fuerza seductora, persuasiva y amorosa de
la palabra que trae vida, que da plenitud y que hace exclamar ¡dichoso el que
pueda comer en el banquete del Reino!
Acaba la parábola en el v.24 con
una aparente condena. La casa está llena, pero hay excluidos. Hay alegría
porque la casa está llena y, a la vez, tristeza por la negativa de los que han
rechazado la invitación, y un señor que parece airado…Pero ¿cómo puede ser que,
a la vez, la casa esté llena y existan excluidos? ¿No quiere Dios que todos los
hombres se salven? No olvidemos que estamos ante una parábola y una parábola no
es una constatación de lo que realmente sucede, sino de lo que puede suceder
cuando el ser humano se empeña en auto-excluirse. Es un relato imaginario para
que el lector reflexione, se cuestione. Este versículo final es un recurso
puesto para que el creyente cambie de mentalidad y comportamiento, entre al
banquete y coma. Ni Dios está enfadado ni quiere la exclusión de nadie.
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