domingo, 1 de noviembre de 2015

SEMANA XXXI 
MARTES

Lucas 14,15-24
15Uno de los comensales dijo a Jesús: ¡Bienaventurado el que coma en el reino de Dios! 16Jesús le contestó: Un hombre daba un gran banquete y convidó a mucha gente; 17a la hora del banquete mandó a su criado a avisar a los convidados: "Venid, que ya está preparado". 18Pero todos a una empezaron a excusarse. El primero le dijo: "He comprado un campo y necesito ir a verlo. Dispénsame, por favor". 19Otro dijo: "He comprado cinco yuntas de bueyes y voy a probarlas. Dispénsame, por favor". 20Otro dijo: "Me acabo de casar y, por ello, no puedo ir". 21El criado volvió a contárselo a su señor. Entonces el dueño de casa, indignado, dijo a su criado: "Sal aprisa a las plazas y calles de la ciudad y tráete aquí a los pobres, a los lisiados, a los ciegos y a los cojos". 22El criado dijo: "Señor, se ha hecho lo que mandaste, y todavía queda sitio". 23Entonces el señor dijo al criado: "Sal por los caminos y senderos, e insísteles hasta que entren y se llene mi casa. 24Y os digo que ninguno de aquellos convidados probará mi banquete".

COMENTARIO
El ambiente en el que se desarrolla la parábola es festivo y salvador, la exclusión se debe únicamente a la voluntad del invitado.

16Jesús le contestó: Un hombre daba un gran banquete y convidó a mucha gente; 17a la hora del banquete mandó a su criado a avisar a los convidados: "Venid, que ya está preparado".
Hay dos personajes que están a lo largo de toda la parábola: 1) un hombre sin nombre, que dispone todo, que quiere celebrar un banquete (3 veces aparece esta palabra como símbolo de que es un banquete total, para todos). Todo su objetivo es este banquete, esta comida festiva, y de llenar su casa totalmente. Su voluntad de invitación se impone en extensión e intensidad a las decepciones y negativas del principio. Este hombre es símbolo de quién y cómo es Dios, como actúa, es un Dios incognoscible e innombrable. El dueño de la casa, el anfitrión, tiene una relación total con el siervo, el criado. Su misión es notificar a todo el mundo, ya que todos están invitados, que el banquete está listo. Es el mediador entre Dios, anfitrión del banquete salvador del Reino, y los invitados, los seres humanos en su totalidad. Debajo de Él está, en una lectura alegórica, Jesús. 2) Un criado, un siervo, en constante conexión entre el señor y los invitados. Es un servidor y un mediador eficiente: conoce perfectamente la casa de su señor, las casas de los invitados, todas las calles y plazas de la ciudad, todos los caminos y cercas de la ciudad. Este perfecto criado y mediador vive en la casa con su señor, su misión es la del señor, conocer su voluntad, conocer perfectamente todas las situaciones, circunstancias y lugares, se rebaja continuamente, no puede ser otro que Jesús. 
La invitación del hombre se desarrolla en 3 direcciones, desde el centro hacia fuera: los primeros invitados son los más cercanos, familia y amigos; después, son los de toda la ciudad, superando los prejuicios de clase; y por último, los de fuera de la ciudad, los marginados, superando los prejuicios étnicos y de pureza. No son campesinos, sino personas sin tierra que viven al margen, mendigos, curtidores, prostitutas,...personas a las que se les permitía estar en la ciudad de día pero no de noche.
Así, pues, la parábola consta de 3 envíos a 3 tipos de invitados. 3 simboliza la totalidad. La invitación, por tanto, es a todos.
Simbólicamente, hablando, la parábola nos habla de Dios que invita a todos a la salvación (amigos, ciudad entera, fuera de la ciudad), a la felicidad, figurada en un banquete. La invitación es universal, pero nadie puede entrar sin invitación. De nosotros depende entrar, asistir, o quedarnos fuera e ir excusándonos. Somos nosotros los que nos auto-excluimos o los que respondemos a la invitación del señor. El ser humano es incapaz de salvarse por sí mismo, la invitación viene fuera de él, viene de Dios, pero el ser humano puede perderse por su propia decisión.

18Pero todos a una empezaron a excusarse. El primero le dijo: "He comprado un campo y necesito ir a verlo. Dispénsame, por favor". 19Otro dijo: "He comprado cinco yuntas de bueyes y voy a probarlas. Dispénsame, por favor". 20Otro dijo: "Me acabo de casar y, por ello, no puedo ir".
Las invitaciones en la antigüedad seguían el siguiente proceso: primero, una invitación o billete por escrito, como ahora, y una segunda llamada oral en la que se notificaba que todo estaba listo y preparado, esto último se realizaba el mismo día del banquete con un par de horas de anticipación. Esta segunda llamada era una simple formalidad, ya que si hubiese un impedimento mayor, este debería comunicarse en el momento de la primera invitación. Un rechazo en el último instante manifestaba mala educación y descortesía. Como vemos en la parábola, los tres, es decir todos, declinan la invitación.
Los invitados se excusan de su asistencia al banquete, que está abierto a todos. Todas las excusas son absurdas, sencillamente cumplen una función social de excusa porque no están de acuerdo y desaprueban el banquete. Las excusas hacen referencia al dinero o a la boda, por eso las excusas son he comprado, me acabo de casar.  Las excusas simbolizan la lección de la ambición: no podéis servir a dos señores, a Dios y al dinero Lc 16,13, o te desposas con Dios, a través de la entrega o con la ambición.
No se desaprueba ni los bienes, ni el deseo de poseerlos ni el disfrute de los mismos, todo eso es bueno. Lo que se rechaza es la orientación del deseo cuando se absolutiza y hace cambiar de señor y de alianza. La parábola nos invita a una fiesta compartida en un banquete que da plenitud, descalificando la posesión solitaria de cosas o personas que produce la invitación universal al banquete de la plenitud.


21El criado volvió a contárselo a su señor. Entonces el dueño de casa, indignado, dijo a su criado: "Sal aprisa a las plazas y calles de la ciudad y tráete aquí a los pobres, a los lisiados, a los ciegos y a los cojos".
El criado cuenta lo sucedido, la invitación del señor ha sido rechazada, es gente que decide no entrar al banquete como el hijo mayor de la parábola del padre bueno Lc 15, no entran, no vienen, sino que se van en la dirección distinta a la de la casa el banquete.
De todas maneras esto no frustra el banquete ni la invitación. El mismo enojo que impide al hijo mayor entrar, empuja a este señor para que todos entren. Inmediatamente, el señor vuelve a convocar a nuevos invitados. La salvación es urgente, por eso el siervo es enviado de nuevo. Es símbolo de la palabra enviada por Dios que no cesa, el señor invita constantemente a entrar.
La invitación, en esta ocasión, es toda la ciudad, a la totalidad de los necesitados, a los que saben que les falta plenitud, a los que se alegran simplemente por entrar. No hay nada mejor que sentirse pobre, lisiado, ciego y cojo para acoger la llamada, la invitación. Esta es nuestra realidad. Sin la palabra iluminadora y rica, sin su fuerza que nos pone en pie y guía nuestro lento caminar, no conseguimos nada. Entre líneas se nos dice que estos si hicieron caso a la invitación y entraron en el banquete del señor.

22El criado dijo: "Señor, se ha hecho lo que mandaste, y todavía queda sitio". 23Entonces el señor dijo al criado: "Sal por los caminos y senderos, e insísteles hasta que entren y se llene mi casa. 24Y os digo que ninguno de aquellos convidados probará mi banquete".
Pero todavía quedaba sitio. Hay una tercera salida (3 indica la totalidad de salidas, de invitaciones). Todo ser humano es invitado, también los de fuera de la ciudad.
Aprémiales a entrar, significa que los de fuera del judaísmo, los gentiles, están obligados a acabar con sus reticencias para entrar en el banquete cristiano, superando los obstáculos originarios pensando en Cristo como un simple reformista judío. Este verbo no tiene que ver con la violencia física o la agresividad, sino con la fuerza seductora, persuasiva y amorosa de la palabra que trae vida, que da plenitud y que hace exclamar ¡dichoso el que pueda comer en el banquete del Reino!
Acaba la parábola en el v.24 con una aparente condena. La casa está llena, pero hay excluidos. Hay alegría porque la casa está llena y, a la vez, tristeza por la negativa de los que han rechazado la invitación, y un señor que parece airado…Pero ¿cómo puede ser que, a la vez, la casa esté llena y existan excluidos? ¿No quiere Dios que todos los hombres se salven? No olvidemos que estamos ante una parábola y una parábola no es una constatación de lo que realmente sucede, sino de lo que puede suceder cuando el ser humano se empeña en auto-excluirse. Es un relato imaginario para que el lector reflexione, se cuestione. Este versículo final es un recurso puesto para que el creyente cambie de mentalidad y comportamiento, entre al banquete y coma. Ni Dios está enfadado ni quiere la exclusión de nadie.


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