domingo, 1 de noviembre de 2015

SEMANA XXXI
MIÉRCOLES

Lucas 14, 25-33
25Mucha gente acompañaba a Jesús; él se volvió y les dijo: 26Si alguno viene a mí y no pospone a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío. 27Quien no carga con su cruz y viene en pos de mí, no puede ser discípulo mío. 28Así, ¿quién de vosotros, si quiere construir una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla? 29No sea que, si echa los cimientos y no puede acabarla, se pongan a burlarse de él los que miran, 30diciendo: "Este hombre empezó a construir y no pudo acabar". 31¿O qué rey, si va a dar la batalla a otro rey, no se sienta primero a deliberar si con diez mil hombres podrá salir al paso del que lo ataca con veinte mil? 32Y si no, cuando el otro está todavía lejos, envía legados para pedir condiciones de paz. 33Así pues, todo aquel de entre vosotros que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío.

COMENTARIO
Jesús va de camino (a enfrentarse con Jerusalén, lo ha dicho el evangelista un poco antes, 9,51) y lo acompañan grandes multitudes. No se trata de un grupo selecto de discí­pulos, sino de una gran cantidad de personas que seguramente tenían motivos muy diversos para seguir a Jesús. A ellos se dirige Jesús, a todos, sin diferencias, sin ofrecer diversos nive­les de exigencias.

25Mucha gente acompañaba a Jesús; Él se volvió y les dijo: 26 Si alguno viene a mí y no pospone a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío. 27 Quien no carga con su cruz y viene en pos de mí, no puede ser discípulo mío…33Así pues, todo aquel de entre vosotros que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío.
Si alguno viene a mí, Jesús habla a toda la gente. Pero sus palabras se dirigen a cada uno de los oyentes en particular. Hace a todos la misma invitación, pero espera una respuesta personal de cada uno. El ser cristiano es una propuesta, una llamada, una vocación (“la” vocación) que llega a todos. Y a esa llamada corresponde una respuesta personal, respon­sable, adulta. Una respuesta que es ejercicico prác­tico de libertad personal. Se trata de una invitación a vivir y a construir la libertad. Para ser cristiano o discípulo, Jesús ponía unas duras condiciones, que llevaban a quien quería ser su discípulo a pensarlo seriamente. Pocos seríamos cristianos si para ello tuviéramos que cum­plir las tres condiciones exigidas por Jesús a sus discípulos:
-          Primera condición: Si alguno viene a mí y no pospone a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío. El discípulo debe subordinarlo todo a la adhesión al Maestro. Si en el propósito de instaurar el reinado de Dios, evangelio y familia entran en conflicto, de modo que ésta impida la implantación de aquél, la adhesión a Jesús tiene la preferencia. Jesús y su plan de crear una sociedad alternativa al sistema mundano están por encima de los lazos de familia.
 
-          Segunda condición: Quien no carga con su cruz y viene en pos de mí, no puede ser discípulo mío. No se trata de hacer sacrificios o mortificarse, que se decía antes. No. Se trata simplemente de aceptar que la adhesión a Jesús conlleva la persecución por parte de la sociedad, persecución que hay que aceptar y sobrellevar como consecuencia del seguimiento.

-          Tercera condición. Por si fuera poco dar la preferen­cia más absoluta al plan de Jesús y estar dispuesto a sufrir persecución por ello, el evangelio continúa: Así pues, todo aquel de entre vosotros que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío. Casi nada. Así, como suena. Re­nunciar a todo lo que se tiene es condición para ser discípulo de Jesús, pues esta renuncia es el camino idóneo para poner fin a una sociedad injusta en la que unos acaparan en sus ma­nos los bienes de la tierra que otros necesitan para sobrevivir. Sólo desde el desprendimiento, afectivo y efectivo, se puede hablar de justicia. Sólo desde la pobreza se puede luchar contra ella. Sólo desde ahí se puede construir la nueva sociedad, el Reino de Dios, erradicando la injusticia de la tierra.
Para quienes quitamos con frecuencia el aguijón al evan­gelio, para quienes nos gustaría que las palabras y actitudes de Jesús fuesen menos radicales, leer este texto resulta duro. Para ser discípulo de Jesús, las condiciones son tales que antes hay que pensárselo seriamente. Como ejemplo veamos estas dos parábolas.

28Así, ¿quién de vosotros, si quiere construir una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla? 29No sea que, si echa los cimientos y no puede acabarla, se pongan a burlarse de él los que miran, 30diciendo: "Este hombre empezó a construir y no pudo acabar".
Una de las palabras claves es sentarse  para calcular, deliberar. Hay que tomarse tiempo y reflexionar,  en ello va la vida y su sentido. La llamada del Señor tiene su punto de inmediatez, de decisión sin vacilar, y, al mismo tiempo, la vocación es y deber ser reflexión. Lo propio del ser humano es construir. Somos seres en proceso, constructores de nuestra propia vida.
Teniendo en cuenta el auditorio al que se dirige Jesús, la torre/casa puede ser cualquiera de las construcciones que un campesino hacía en su viña para protección de los viñadores, como depósito de los útiles necesarios para el cultivo y almacén del producto cosechado. Somos la tierra, viña del Señor, estamos puestos para dar fruto, para abrirle apenas venga y llame, y encuentre la torre/casa de nuestra vida hecha. Nuestra vida ha sido una entrega total.

La vida, vista e interpretada desde esta óptica, está destinada al éxito. Si no acabamos la construcción se burlan, pero si la acabamos también porque al no comprender el camino de la entrega, interpretan que el triunfo es un fracaso.

31O¿qué rey, si va a dar la batalla a otro rey, no se sienta primero a deliberar si con diez mil hombres podrá salir al paso del que lo ataca con veinte mil? 32Y si no, cuando el otro está todavía lejos, envía legados para pedir condiciones de paz.
Si en la anterior parábola el constructor reflexionaba solo, aquí el rey delibera con sus consejeros. Se nos recuerda el aspecto comunitario. No sólo somos responsables de nosotros, sino también de los demás. La fe auténtica ha de integrar la reflexión propia y personal, con la deliberación que supone el consejo de los demás.

La vida también es lucha, conquista, guerra, implica una campaña continuada y larga. No es algo que se resuelve en una batalla, en unas horas, sino que requiere tiempo y estrategia. En la guerra de nuestra vida tenemos asegurada la victoria siempre que tengamos las armas necesarias: la entrega total. Con esta arma podemos salir con garantías aunque el enemigo sea el doble. Todo lo que no sea victoria es derrota.
Del mismo modo que el constructor necesita dinero y el rey armas, el seguidor de Jesús tiene que, paradójicamente, deshacerse de todo. La entrega total es de su dinero y sus armas. La renuncia al poder y a la ambición es absolutamente necesaria para llegar a ser discípulos.


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