domingo, 1 de noviembre de 2015

SEMANA XXXI
JUEVES


Lucas 15,1-10

15 1 Solían acercarse a Jesús todos los publicanos y los pecadores a escucharlo.2 Y los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: Ese acoge a los pecadores y come con ellos.

 3 Jesús les dijo esta parábola: 4¿Quién de vosotros que tiene cien ovejas y pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto y va tras la descarriada, hasta que la encuentra? 5Y, cuando la encuentra, se la carga sobre los hombros, muy contento; 6 y, al llegar a casa, reúne a los amigos y a los vecinos, y les dice: "¡Alegraos conmigo!, he encontrado la oveja que se me había perdido". 7Os digo que así también habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse.

8 O ¿qué mujer que tiene diez monedas, si se le pierde una, no enciende una lámpara y barre la casa y busca con cuidado, hasta que la encuentra? 9Y, cuando la encuentra, reúne a las amigas y a las vecinas y les dice: "¡Alegraos conmigo!, he encontrado la moneda que se me había perdido". 10Os digo que la misma alegría tendrán los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta.

COMENTARIO
En el camino hacia Jerusalén, Lucas nos presenta las parábolas como un alto en el camino para suscitar la reflexión. A veces, salir del camino y descansar es otra manera de caminar. En Lc 15, el evangelista muestra, al comienzo, los personajes que van a ser destinatarios de estas parábolas. Por un lado, los publicanos y los pecadores, los “descreídos”, representan a los seres humanos separados de Dios. Jesús/Dios los busca, ellos le siguen, se acercan para escucharle. Su aproximación es positiva, están en proceso de conversión. En la parábola del padre y de los hijos están representados en el hijo menor.
Por otro lado, están los escribas y fariseos. Representan a los seres humanos, no separados de Dios. Están en la casa de Dios, se ocupan de las “cosas de Dios”. Dios no necesita buscarlos, están. Por considerarse justos y no sentirse necesitados de conversión, no escuchan a Jesús. Al final quedan representados en el hijo mayor que está en la hacienda (como se verá en el próximo capítulo), está en casa pero no entra al banquete del Reino.

1Solían acercarse a Jesús todos los publicanos y los pecadores a escucharlo.2 Y los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: Ese acoge a los pecadores y come con ellos.
 3Jesús les dijo esta parábola: 4¿Quién de vosotros que tiene cien ovejas y pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto y va tras la descarriada, hasta que la encuentra? 5Y, cuando la encuentra, se la carga sobre los hombros, muy contento; 6y, al llegar a casa, reúne a los amigos y a los vecinos, y les dice: ¡Alegraos conmigo!, he encontrado la oveja que se me había perdido". 7Os digo que así también habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse.
Comenzamos con una curiosidad. En el v.3 se dice les dijo esta parábola y luego se narran tres. ¿No será que se trata de una misma parábola? Posiblemente sea una parábola, la del padre con los dos hijos; las otras dos son dos relatos de introducción al cuerpo central constituido por los vv.11-32. Veamos estas dos parábolas introductorias.
Los publicanos eran unos impresentables al servicio de los poderosos, especialmente de los romanos que tenían ocupada Palestina. A los ojos de la gente, eran unos traidores al servicio de Roma, y de cara a los romanos, unos ladrones. La primera Iglesia los elegirá para hablar de ellos en sus catequesis, en sus evangelios, no para ponerlos como ejemplos, sino para hablar de la fuerza transformadora que tiene el evangelio.

¿Quién de vosotros…? Empieza implicándonos a todos: los que se consideran justos piensan que los malos no tienen derecho, y los que se consideran perdidos piensan que no hay solución. Jesús con parábolas pretende sacarlos de ese punto final. Les cuenta una historia para que viendo las cosas desde otra perspectiva puedan cambiar y convertirse.
El relato nos sitúa como dueños de un rebaño de cierta importancia, cien ovejas. La pérdida de una de ellas no parece tan importante, no empobrece a su dueño. Pero sí lo es. El pastor echa en falta una de cien porque las conoce a todas y cada una, se preocupa y las cuenta. Será solo una, pero es la suya, la quiere, el rebaño no será completo sin ella. Dios es así. Dios no quiere que nadie se pierda y no cesa de buscarlo hasta que lo encuentra, llevarlo a casa y hacer banquete.

Todo se describe con el verbo perderse. Verbo que significa morir, desaparecer, estar perdido, no saber dónde estás, no encontrar el camino, a Jesús. En el lenguaje de los cristianos es el verbo que significa lo contrario a la vida, como levantarse, resucitar, incorporarse. Si sólo hay un verbo para expresar lo negativo, hay muchos de ellos para describir el rescate/salvación: buscar, no para de buscar hasta que la encuentra, y cuando la encuentra se la carga sobre los hombros, y cuando llega a casa reúne a todos en una celebración donde destaca la alegría. Es la forma que tiene Lucas de remarcar la inimaginable misericordia de Dios que apabulla nuestras miserias.

Previo a esa búsqueda, el pastor abandona las noventa y nueve. Al final del relato nos enteramos que esas noventa y nueve son justos que no necesitan conversión, se corresponden a los salvados ya en el cielo que también son rebaño del Señor, habrá más alegría en el cielo… v.7. La oveja perdida representa a toda la humanidad que está en proceso de conversión. Los humanos nos perdemos con más frecuencia de lo que podemos pensar. Jesucristo, buen pastor, no las abandona. El desierto es el lugar donde de una manera ininterrumpida está presente. Además, el verbo abandonar en Lucas es lo que hay que hacer para obtener la salvación Lc 5,28;10,40. Abandonar no es negativo, es introducción de salvación.

Todo lo realiza el pastor. La oveja es totalmente pasiva: la obra misericordiosa de Dios es lo primero en este proceso de conversión y salvación. La misericordia de Dios precede al arrepentimiento. No es que nosotros encontremos el Camino, es el Camino quien nos encuentra a nosotros. Es entonces cuando revivimos, nos ponemos en pie y decidimos caminar a la casa del Padre.

5Y, cuando la encuentra, se la carga sobre los hombros, muy contento; 6y, al llegar a casa, reúne a los amigos y a los vecinos, y les dice: ¡Alegraos conmigo!, he encontrado la oveja que se me había perdido". 7Os digo que así también habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse.
Una vez que la encuentra la carga sobre sus hombros. Más que una imagen dulzona, es que el animal perdido está aterrorizado, herido, mal oliente. El pastor lleva encima un cansancio suplementario, pesa más de lo que imagina: está sucia, fea, mermada y no huele bien, como los pobres, los marginados, los enfermos.  No obstante, nada  de esto agota la energía del pastor ni su alegría.

Los noventa y nueve justos representan a la Iglesia del cielo. De ahí la alegría por nuestra conversión. Ellos ya lo han logrado, pero algo les falta para llegar a la unidad (noventa y nueve más uno son cien). Faltamos nosotros. Todos estamos en proceso de conversión porque todos somos débiles y oveja perdida. Sólo somos uno, pero tan importante para Dios como el todo. Sin el uno no hay totalidad y no hay alegría plena. Podemos parecer poca cosa, pero somos el todo, sencillamente porque sin nosotros el todo no existe. De ahí el interés de Dios en que nadie se pierda.

8 O ¿qué mujer que tiene diez monedas, si se le pierde una, no enciende una lámpara y barre la casa y busca con cuidado, hasta que la encuentra? 9Y, cuando la encuentra, reúne a las amigas y a las vecinas y les dice: "¡Alegraos conmigo!, he encontrado la moneda que se me había perdido". 10Os digo que la misma alegría tendrán los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta.
Esta parábola es propia de Lucas y el paralelismo con la anterior es prácticamente total, sólo cambian los protagonistas: antes era un hombre; ahora, una mujer; y los objetos: antes era una oveja, ahora una dracma (era igual a un denario, al jornal de un día de trabajo, 30-50€). Lo demás es prácticamente idéntico y el mensaje también.
El matiz está puesto en la intimidad de la casa y, en concreto, en el tema de la alianza:
  • las diez dracmas eran parte de la dote de la mujer y equivalían a nuestras arras. En la ceremonia nupcial, la novia llevaba el velo del que colgaban estas monedas. Así se explica el interés por recuperar la moneda perdida;
  • en sí misma, una dracma no era la moneda más importante de todas. Su pérdida no era para hacer un drama, ni una fiesta cuando la encuentra. El revuelo organizado por la mujer nos indica que, para ella, la dracma valía muchísimo. Era el símbolo de la alianza, era el velo nupcial incompleto. Su pérdida era muy grave. Podía ser causa de repudio (ruptura, perdición, muerte, ausencia de salvación). Así se explica el ahínco, la meticulosidad, el cuidado, la alegría, la convocatoria y la fiesta.
Dios-mujer está empeñado en que no haya motivo alguno que cause la ruptura de la alianza, por eso,  lo primero que hace es encender la lámpara, que alumbra nuestro mundo de tinieblas y sombras de muerte Lc 1,79.  Lo segundo, es barrer la casa. Este verbo, barrer, se refiere a limpiar la casa de los “malos espíritus”, “de los demonios”, es decir, de las ideas contrarias a la voluntad de Dios. En la medida que barremos la casa de las cosas que nos alejan de Dios y nos dejamos iluminar con su luz en nuestras lámparas, aparece la moneda. Éste es el modo de buscar con cuidado.

También el cielo de la parábola anterior queda aquí concretado en los ángeles de Dios. En la oscuridad de la casa ha brillado la luz de su lámpara. Del mismo modo que cuando en el nacimiento de la luz aparecieron los ángeles Lc 2,7ss. Lo mismo sucede aquí.

Comparar al pecador convertido con un hijo o con una oveja son comparaciones que, más o menos, nos parecen lógicas. Pero, ¿compararnos con una moneda? Todo tiene su sentido: las monedas llevan impresas la imagen de su rey y nosotros también. La imagen del sello, de la marca en la frente o en el brazo es recurrente en la Sagrada Escritura, y, sobre todo, en temas de alianza.




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