domingo, 1 de noviembre de 2015

SEMANA XXXI
VIERNES


Lucas 16,1-8

16 1Decía también a sus discípulos: Un hombre rico tenía un administrador, a quien acusaron ante él de derrochar sus bienes. 2Entonces lo llamó y le dijo: "¿Qué es eso que estoy oyendo de ti? Dame cuenta de tu administración, porque en adelante no podrás seguir administrando". 3El administrador se puso a decir para sí: "¿Qué voy a hacer, pues mi señor me quita la administración? Para cavar no tengo fuerzas; mendigar me da vergüenza. 4Ya sé lo que voy a hacer para que, cuando me echen de la administración, encuentre quien me reciba en su casa". 5Fue llamando uno a uno a los deudores de su amo y dijo al primero: 6"¿Cuánto debes a mi amo?". Este respondió: "Cien barriles de aceite". Él le dijo: "Toma tu recibo; aprisa, siéntate y escribe cincuenta". 7Luego dijo a otro: "Y tú, ¿cuánto debes?". Él dijo: "Cien fanegas de trigo". Le dice: "Toma tu recibo y escribe ochenta". 8Y el amo alabó al administrador injusto, porque había actuado con astucia. Ciertamente, los hijos de este mundo son más astutos con su propia gente que los hijos de la luz.

COMENTARIO
Continua la instrucción de Jesús camino de Jerusalén. El auditorio es bastante heterogéneo: los discípulos, multitudes, fariseos, descreídos, etc. La enseñanza es para todos, especialmente ahora sobre la administración de los bienes.
La primera parábola Lc 16,1-8 trata de los hijos de este mundo (viven según los valores de este mundo: la ambición, la injusticia), y los hijos de la luz. La sagacidad de un hijo de este mundo, en momento crítico, se convierte en un hijo de la luz alabado por el Señor.

1Decía también a sus discípulos: Un hombre rico tenía un administrador, a quien acusaron ante él de derrochar sus bienes.
Los administradores en tiempos de Jesús era una especie de hombres de confianza, representantes del propietario con poder de hacer negocios. Por supuesto, vivían en la casa del propietario.
Se nos narra una historia posiblemente tan actual como pasada y futura: la actuación de un administrador injusto. En vez de preocuparse de los demás, los ha explotado con comisiones abusivas. Esto es malgastar la hacienda, es decir, malgastar la vida, no dar el fruto que Dios quiere sino todo lo contrario.

 2Entonces lo llamó y le dijo: "¿Qué es eso que estoy oyendo de ti? Dame cuenta de tu administración, porque en adelante no podrás seguir administrando". 3El administrador se puso a decir para sí: "¿Qué voy a hacer, pues mi señor me quita la administración? Para cavar no tengo fuerzas; mendigar me da vergüenza. 4Ya sé lo que voy a hacer para que, cuando me echen de la administración, encuentre quien me reciba en su casa".
El dueño llama al administrador, hace balance de su gestión y lo expulsa. Esto nos hace pensar que el hombre rico es el señor como nos dará a entender el v.8. Este obrar tan misericordioso y encargar un último balance no es otra cosa sino dar la última oportunidad.
Encontrándose en el momento crítico, como el hijo menor de Lc 15, entra dentro de sí, inicia el monólogo interior y allí encuentra la luz: a ¿qué voy hacer? le sigue ya sé lo que voy hacer. Descubre que la solución no está en seguir almacenando dinero sino en lo contrario: entregar  lo suyo en favor de los demás. Elimina su proceder injusto para ganarse amigos que luego le reciban.

5Fue llamando uno a uno a los deudores de su amo y dijo al primero: 6"¿Cuánto debes a mi amo?". Este respondió: "Cien barriles de aceite". Él le dijo: "Toma tu recibo; aprisa, siéntate y escribe cincuenta". 7Luego dijo a otro: "Y tú, ¿cuánto debes?". Él dijo: "Cien fanegas de trigo". Le dice: "Toma tu recibo y escribe ochenta"
Alternativamente, la parábola nos presenta al administrador tratando con dos deudores que representan los alimentos básicos y esenciales en la zona: el trigo y el aceite. No estamos como administradores para exprimir a los demás en beneficio propio, sino para entregarnos, para darles la vida, no para quitarla.

8Y el amo alabó al administrador injusto, porque había actuado con astucia.
Esta última escena está en paralelo con la primera. Al patrón no le importa el patrimonio de trigo y aceite, él tendría lo mismo. Lo que le importa es el patrimonio esencial: las personas. Y este administrador es su hijo, su tierra, su viña que tiene que dar fruto. Nos representa a todos los que malgastamos la hacienda de nuestra persona cuando nos administramos mal, cuando debido a la ambición vamos quitando vida a los demás en vez de entregarnos totalmente para producir vida.

Ciertamente, los hijos de este mundo son más astutos con su propia gente que los hijos de la luz.
Es una forma de alentar el comportamiento de los cristianos, de invitar a la conversión pasando de hijos del mundo a hijos de la luz, de entrar dentro de sí mismos, ver claro que la única salida que hay al túnel de nuestra ambición, es la entrega.  El dinero no sólo es fuente de ambición sino muy adictivo. Y además, es importante saber que el único medio de salvación es la entrega total. El mejor “blanqueo” de dinero es no cogerlo. Aplicado a nuestra vida quiere decir que lo mejor es vivirla como entrega.



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