sábado, 7 de noviembre de 2015

SEMANA XXXII
MIÉRCOLES

Lucas 17,11-19

11Una vez, yendo camino de Jerusalén, pasaba entre Samaría y Galilea. 12Cuando iba a entrar en una ciudad, vinieron a su encuentro diez hombres leprosos, que se pararon a lo lejos 13y a gritos le decían: Jesús, maestro, ten compasión de nosotros. 14Al verlos, les dijo: Id a presentaros a los sacerdotes. Y sucedió que, mientras iban de camino, quedaron limpios. 15Uno de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos 16y se postró a los pies de Jesús, rostro en tierra, dándole gracias. Este era un samaritano. 17Jesús, tomó la palabra y dijo: ¿No han quedado limpios los diez?; los otros nueve, ¿dónde están? 18¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios más que este extranjero?, 19Y le dijo: Levántate, vete; tu fe te ha salvado.

COMENTARIO
La lepra equivalía a la muerte en vida. La palabra con la que se designaba esta enfermedad la podemos traducir por “ser castigado por Dios”. Según la mentalidad de la época el leproso era impuro y transmitía impureza a las personas y objetos que tenían contacto con él (Lev 13,45). Esto lo excluía de tener acceso a Dios y a los semejantes. Rechazado por Dios, no podía salvarse.
Como consecuencia, los leprosos vivían todo tipo de marginación social, moral, civil y religiosa. La enfermedad era tenida por incurable. Solo un “milagro” podía sanarles. Si acaso se producía su curación tenían que presentarse antes los sacerdotes del templo para comprobar y certificar que era cierta. Con la esperanza puesta en el Mesías, se creía que desaparecería esta enfermedad física y religiosa. En este contexto, la sanación de los leprosos se veía como una señal de la presencia del Reinado de Dios.   

Estamos ante un texto en el que se destaca que diez son los las personas curadas, pero uno solo es el que se vuelve para dar gracias. Es el contraste entre agradecimiento e ingratitud. Normalmente las Biblias lo titulan “curación de los diez leprosos”, pero más bien habría que hacerlo por “el samaritano agradecido”. ¿Dónde está el centro del relato, en la curación o en el agradecimiento? Jesús no los toca, se curan cuando se dirigen porque creen en la palabra de Jesús.
¿Qué es lo decisivo: la confianza inicial de los diez leprosos o la gratitud final del samaritano? Desde luego que sin la confianza del principio no habría habido agradecimiento. Pero lo decisivo no parece que sea la curación, sino ver (al verlos…viendo). En el sentido de darse cuenta, Es un ver en profundidad. Como en los relatos de encuentro entre los discípulos y el Resucitado. Lo importante es interiorizar lo externo, darse cuenta donde está y de donde viene la salvación: de Aquel que es puro interiormente, Jesús, y no de las formalidades externas, ir a presentarse a los sacerdotes.
Diez comparten la experiencia de una sanación, pero nueve de ellos no llegan a la experiencia de salvación. No basta con la mentalidad curativa o milagrera, se precisa la fe en la persona que me salva.

11Una vez, yendo camino de Jerusalén, pasaba entre Samaría y Galilea. 12Cuando iba a entrar en una ciudad, vinieron a su encuentro diez hombres leprosos, que se pararon a lo lejos 13y a gritos le decían: Jesús, maestro, ten compasión de nosotros.
¿Quién son estos hombres leprosos que viven en una ciudad llaman a Jesús maestro/jefe? Vemos algunos detalles: 
·         En el evangelio de Lucas a Jesús solamente le llaman “jefe” los discípulos. Término para expresar una fe débil y limitada como les va a suceder a estos hombres.
·         Son gente de la ciudad. Mejor traducir por “aldea”. En Lucas significa los que participan de la mentalidad judía, exclusivista, nacionalista, contraria a la universalización. Son gente que participan de la mentalidad judía y, a la vez, son marginados. Son figura de los discípulos que, por un lado, son considerados leprosos por la institución, por haber dado su adhesión a Jesús; y, por otro, siguen creyendo en la Ley. Por esto suben a Jerusalén a conseguir el certificado de pureza, con la ilusión que es posible la mezcla entre Jesús y el judaísmo. No se dan la vuelta hacia Jesús, siguen con su mentalidad (v.12).
Misteriosamente han desaparecido los discípulos. Pero… están. Son los representados en los leprosos curados que no vuelven, sino que siguen camino de su judaísmo.
·         Vinieron a su encuentro. Expresión para designar el encuentro con el Resucitado. Solo el encuentro con el Resucitado y la obediencia a su palabra hace posible la nueva vida, la “resurrección” del discípulo.
·         Diez. Este número nos indica la plenitud. Jesús es sanador de todas las muertes en vida, el que engendra la vida plena, en abundancia. Expresa totalidad.
·         Vienen a su encuentro, pero… se pararon a lo lejos. Dan pasos hacia Jesús, pero, al mismo tiempo, siguen sujetos a las normas de la Ley (ningún leproso/impuro podía acercarse a una persona pura/sana). Han abandonado la mentalidad que margina, la “aldea”, pero no han llegado hasta Jesús.
Jesús respeta su proceso. Ni se acerca ni les toca. Al final solo uno va  a completar su proceso: se acerca, se postra, da gracias.
·         A gritos le decían: Jesús, maestro, ten compasión de nosotros. Posiblemente los leprosos no tuvieran muchas fuerzas para gritar. A gritos expresa, más bien, la confianza y urgencia de su desesperada situación. Su petición es la de tantos Salmos (Sal 40,5;50,3-4) de petición y lamentación. Estamos ante unos  discípulos que oran con confianza ante la necesidad.

14 Al verlos, les dijo: Id a presentaros a los sacerdotes. Y sucedió que, mientras iban de camino, quedaron limpios.
Una vez hechas las presentaciones, el evangelista nos narra la reacción de Jesús.
·         Al verlos. La mirada de Jesús, que es la mirada de Dios, se caracteriza por la compasión. En esta breve expresión resuenan los ecos de Ex 3,7-8. En Egipto el pueblo grita y clama, pero Dios ha visto la opresión: Voy a bajar para liberarlos de la opresión.  Lo mismo ahora. Lo primero es la mirada compasiva de Jesús/Dios. Pero necesita de la oración/grito del ser humano para que se desate su palabra y fuerza salvadora.  
·         Id a presentaros a los sacerdotes. La palabra de Jesús es salvadora, pero no está exenta de desconcierto. ¿Cómo van a ir ante aquellos que les han declarado impuros y les han expulsado de la vida social? En ese camino de la obediencia desconcertante, experimentan la purificación y la sanación efectiva. Gracias a las palabras de Jesús, no por la ley de los sacerdotes, se produce la sanación. De ellos dependen volver hacia Aquel que sana y purifica de verdad o seguir el camino hacia los que nunca sanaron. La sanación  va a venir de la obediencia a una palabra.
·         Mientras iban de camino. Precisamente, los leprosos quedan limpios de impureza al salir de la “aldea”. La misma fe que los va a purificar, no es suficiente para salvarlos. La fe es un proceso. Hay que evolucionar hasta el encuentro salvador con Jesús, hasta escuchar las palabras del final: Tu fe te ha salvado.
La primera obediencia de la fe, ha de ir acompañada de la experiencia interna que lleva a la gratitud, a la conversión, al cambio total de mentalidad y de dirección. Si no corre el peligro de ir ligada a lo espectacular y sentimental, a lo externo.

15Uno de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos 16y se postró a los pies de Jesús, rostro en tierra, dándole gracias.
Al ver de Jesús (v. 14), corresponde el ver del samaritano. Ese ver le hace volver. El samaritano se ha quitado de encima la marginación social/moral, pero le queda la liberación de la raza. No es judío, sino samaritano. Por esto es capaz de caer en la cuenta, viendo, de que Jesús es el único que lo puede liberar definitivamente, ya que simplemente no cree en nada de marginaciones por la raza. 
Es la fe que produce cambio y conduce al encuentro.
A los gritos (v.13) del principio corresponde ahora alabar a Dios a grandes gritos. El leproso impuro y extraño ha interiorizado su curación. Antes de  encontrarse con Jesús, alaba a Dios. Sigue adelante en su proceso. La fe madura se postra, adora, reconoce, da gracias. Glorifica al Padre y da gracias al Hijo.

Este era un samaritano.
La misericordia de Dios no tiene barreras. Queda cuestionada toda elección particular o nacionalista. Esta frase subraya la profunda pena por el resto de los curados que no volvieron, no se convirtieron. A veces el extraño responde mejor a la fe que el considerado creyente de siempre.
Tanto los judíos como los samaritanos siguen la misma Ley. La mayoría, los otros nueve, seguirán aferrados a la mentalidad exclusivista de Israel. Solo una pequeña parte, uno, ha comprendido que el encuentro con Jesús le lleva a saltarse la Ley que lo declaraba impuro, leproso. La lepra, en definitiva, es la mentalidad que divide el mundo en sagrado y profano, puro e impuro, buenos y malos, justos y pecadores. Leproso es el discípulo que sigue creyendo en la validez del judaísmo que pretende conciliar con Cristo.

 17Jesús, tomó la palabra y dijo: ¿No han quedado limpios los diez?; los otros nueve, ¿dónde están? 18¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios más que este extranjero?,
Acaba el relato con tres preguntas orientadas a los oyentes y lectores que formulan una nueva lepra, una nueva enfermedad: la lepra que se estanca. Las dos primeras describen la realidad de la fe de los otros nueve, es decir, de los discípulos. ¿Dónde estás tú oyente/lector del evangelio? La tercera describe que solamente uno ha culminado su proceso: un extranjero. La humildad es el camino del reconocimiento.

19Y le dijo: Levántate, vete; tu fe te ha salvado.
Levántate y vete. Son las palabras del hijo pródigo (Lc 15), me levantaré e iré a donde mi padre. El hijo extranjero es el que completa el camino, como el samaritano. Los de dentro, como el hijo mayor y los otros nueve, se quedan fuera.

Jesús no dice tu fe te ha curado,  sino salvado. No se trata de algo externo, sino de salvación interna, profunda. Es la acción de gracias profunda que procede de la experiencia salvadora de Jesús/Dios. La fe es humana y, por tanto, está en proceso, es dialogante. Hay que dialogar con Cristo, volver a él. La liberación auténtica va más allá de las rehabilitaciones físicas. La fe, que nos lleva a la salvación, parte de la confianza en la salvación de Dios, de la fuerza de su palabra en nosotros. Y supone nuestro “caer en la cuenta”, nuestra vuelta y conversión para dar gracias, especialmente la Eucaristía. 

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