SEMANA XXXIIMIÉRCOLES
Lucas
17,11-19
11Una
vez, yendo camino de Jerusalén, pasaba entre Samaría y Galilea. 12Cuando
iba a entrar en una ciudad, vinieron a su encuentro diez hombres leprosos, que
se pararon a lo lejos 13y a gritos le decían: Jesús, maestro, ten
compasión de nosotros. 14Al verlos, les dijo: Id a presentaros a los
sacerdotes. Y sucedió que, mientras iban de camino, quedaron limpios. 15Uno
de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos 16y
se postró a los pies de Jesús, rostro en tierra, dándole gracias. Este era un
samaritano. 17Jesús, tomó la palabra y dijo: ¿No han quedado limpios
los diez?; los otros nueve, ¿dónde están? 18¿No ha habido quien
volviera a dar gloria a Dios más que este extranjero?, 19Y le dijo:
Levántate, vete; tu fe te ha salvado.
COMENTARIO
La lepra equivalía a la muerte en
vida. La palabra con la que se designaba esta enfermedad la podemos traducir
por “ser castigado por Dios”. Según la mentalidad de la época el leproso era
impuro y transmitía impureza a las personas y objetos que tenían contacto con
él (Lev 13,45). Esto lo excluía de tener acceso a Dios y a los semejantes.
Rechazado por Dios, no podía salvarse.
Como consecuencia, los leprosos
vivían todo tipo de marginación social, moral, civil y religiosa. La enfermedad
era tenida por incurable. Solo un “milagro” podía sanarles. Si acaso se
producía su curación tenían que presentarse antes los sacerdotes del templo
para comprobar y certificar que era cierta. Con la esperanza puesta en el
Mesías, se creía que desaparecería esta enfermedad física y religiosa. En este
contexto, la sanación de los leprosos se veía como una señal de la presencia
del Reinado de Dios.
Estamos ante un texto en el que
se destaca que diez son los las personas curadas, pero uno solo es el que se
vuelve para dar gracias. Es el contraste entre agradecimiento e ingratitud.
Normalmente las Biblias lo titulan “curación de los diez leprosos”, pero más
bien habría que hacerlo por “el samaritano agradecido”. ¿Dónde está el centro
del relato, en la curación o en el agradecimiento? Jesús no los toca, se curan
cuando se dirigen porque creen en la palabra de Jesús.
¿Qué es lo decisivo: la confianza
inicial de los diez leprosos o la gratitud final del samaritano? Desde luego
que sin la confianza del principio no habría habido agradecimiento. Pero lo
decisivo no parece que sea la curación, sino ver (al verlos…viendo). En el sentido de darse cuenta, Es un
ver en profundidad. Como en los relatos de encuentro entre los discípulos y el
Resucitado. Lo importante es interiorizar lo externo, darse cuenta donde está y
de donde viene la salvación: de Aquel que es puro interiormente, Jesús, y no de
las formalidades externas, ir a
presentarse a los sacerdotes.
Diez comparten la experiencia de
una sanación, pero nueve de ellos no llegan a la experiencia de salvación. No
basta con la mentalidad curativa o milagrera, se precisa la fe en la persona
que me salva.
11Una
vez, yendo camino de Jerusalén, pasaba entre Samaría y Galilea. 12Cuando
iba a entrar en una ciudad, vinieron a su encuentro diez hombres leprosos, que
se pararon a lo lejos 13y a gritos le decían: Jesús, maestro, ten
compasión de nosotros.
¿Quién son estos
hombres leprosos que viven en una ciudad llaman a Jesús maestro/jefe? Vemos algunos
detalles:
·
En el evangelio de Lucas a Jesús solamente le
llaman “jefe” los discípulos. Término para expresar una fe débil y limitada como
les va a suceder a estos hombres.
·
Son gente de la ciudad. Mejor traducir por “aldea”. En Lucas significa los que
participan de la mentalidad judía, exclusivista, nacionalista, contraria a la
universalización. Son gente que participan de la mentalidad judía y, a la vez,
son marginados. Son figura de los discípulos que, por un lado, son considerados
leprosos por la institución, por
haber dado su adhesión a Jesús; y, por otro, siguen creyendo en la Ley. Por
esto suben a Jerusalén a conseguir el certificado de pureza, con la ilusión que
es posible la mezcla entre Jesús y el judaísmo. No se dan la vuelta hacia
Jesús, siguen con su mentalidad (v.12).
Misteriosamente
han desaparecido los discípulos. Pero… están. Son los representados en los
leprosos curados que no vuelven, sino que siguen camino de su judaísmo.
·
Vinieron a
su encuentro. Expresión para designar el encuentro con el Resucitado. Solo
el encuentro con el Resucitado y la obediencia a su palabra hace posible la nueva
vida, la “resurrección” del discípulo.
·
Diez.
Este número nos indica la plenitud. Jesús es sanador de todas las muertes en
vida, el que engendra la vida plena, en abundancia. Expresa totalidad.
·
Vienen a su encuentro, pero… se pararon a lo lejos. Dan pasos hacia
Jesús, pero, al mismo tiempo, siguen sujetos a las normas de la Ley (ningún
leproso/impuro podía acercarse a una persona pura/sana). Han abandonado la
mentalidad que margina, la “aldea”, pero no han llegado hasta Jesús.
Jesús respeta su
proceso. Ni se acerca ni les toca. Al final solo uno va a completar su proceso: se acerca, se postra,
da gracias.
·
A gritos
le decían: Jesús, maestro, ten compasión de nosotros. Posiblemente los
leprosos no tuvieran muchas fuerzas para gritar. A gritos expresa, más bien, la confianza y urgencia de su
desesperada situación. Su petición es la de tantos Salmos (Sal 40,5;50,3-4) de
petición y lamentación. Estamos ante unos
discípulos que oran con confianza ante la necesidad.
14 Al
verlos, les dijo: Id a presentaros a los sacerdotes. Y sucedió que, mientras
iban de camino, quedaron limpios.
Una vez hechas las presentaciones, el evangelista nos
narra la reacción de Jesús.
·
Al verlos.
La mirada de Jesús, que es la mirada de Dios, se caracteriza por la compasión.
En esta breve expresión resuenan los ecos de Ex 3,7-8. En Egipto el pueblo grita y clama, pero Dios ha visto la
opresión: Voy a bajar para liberarlos de
la opresión. Lo mismo ahora. Lo
primero es la mirada compasiva de Jesús/Dios. Pero necesita de la oración/grito
del ser humano para que se desate su palabra y fuerza salvadora.
·
Id a
presentaros a los sacerdotes. La palabra de Jesús es salvadora, pero no
está exenta de desconcierto. ¿Cómo van a ir ante aquellos que les han declarado
impuros y les han expulsado de la vida social? En ese camino de la obediencia
desconcertante, experimentan la purificación y la sanación efectiva. Gracias a
las palabras de Jesús, no por la ley de los sacerdotes, se produce la sanación.
De ellos dependen volver hacia Aquel que sana y purifica de verdad o seguir el
camino hacia los que nunca sanaron. La sanación
va a venir de la obediencia a una palabra.
·
Mientras
iban de camino. Precisamente, los leprosos quedan limpios de impureza al
salir de la “aldea”. La misma fe que los va a purificar, no es suficiente para salvarlos.
La fe es un proceso. Hay que evolucionar hasta el encuentro salvador con Jesús,
hasta escuchar las palabras del final: Tu
fe te ha salvado.
La primera obediencia de la fe, ha de ir acompañada
de la experiencia interna que lleva a la gratitud, a la conversión, al cambio
total de mentalidad y de dirección. Si no corre el peligro de ir ligada a lo
espectacular y sentimental, a lo externo.
15Uno
de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos 16y
se postró a los pies de Jesús, rostro en tierra, dándole gracias.
Al ver de Jesús
(v. 14), corresponde el ver del
samaritano. Ese ver le hace volver. El samaritano se ha quitado de
encima la marginación social/moral, pero le queda la liberación de la raza. No
es judío, sino samaritano. Por esto
es capaz de caer en la cuenta, viendo,
de que Jesús es el único que lo puede liberar definitivamente, ya que
simplemente no cree en nada de marginaciones por la raza.
Es la fe que produce cambio y conduce al encuentro.
A los gritos (v.13)
del principio corresponde ahora alabar a
Dios a grandes gritos. El leproso impuro y extraño ha interiorizado su
curación. Antes de encontrarse con
Jesús, alaba a Dios. Sigue adelante
en su proceso. La fe madura se postra, adora, reconoce, da gracias. Glorifica
al Padre y da gracias al Hijo.
Este era un
samaritano.
La misericordia de Dios no tiene barreras. Queda
cuestionada toda elección particular o nacionalista. Esta frase subraya la
profunda pena por el resto de los curados que no volvieron, no se convirtieron.
A veces el extraño responde mejor a la fe que el considerado creyente de
siempre.
Tanto los judíos como los samaritanos siguen la misma Ley.
La mayoría, los otros nueve, seguirán
aferrados a la mentalidad exclusivista de Israel. Solo una pequeña parte, uno, ha comprendido que el encuentro con
Jesús le lleva a saltarse la Ley que lo declaraba impuro, leproso. La lepra, en
definitiva, es la mentalidad que divide el mundo en sagrado y profano, puro e
impuro, buenos y malos, justos y pecadores. Leproso
es el discípulo que sigue creyendo en la validez del judaísmo que pretende
conciliar con Cristo.
17Jesús, tomó la palabra y dijo:
¿No han quedado limpios los diez?; los otros nueve, ¿dónde están? 18¿No
ha habido quien volviera a dar gloria a Dios más que este extranjero?,
Acaba el relato con tres preguntas orientadas a los
oyentes y lectores que formulan una nueva lepra, una nueva enfermedad: la lepra
que se estanca. Las dos primeras describen la realidad de la fe de los otros
nueve, es decir, de los discípulos. ¿Dónde estás tú oyente/lector del
evangelio? La tercera describe que solamente uno ha culminado su proceso: un
extranjero. La humildad es el camino del reconocimiento.
19Y
le dijo: Levántate, vete; tu fe te ha salvado.
Levántate y vete. Son
las palabras del hijo pródigo (Lc 15), me
levantaré e iré a donde mi padre. El hijo extranjero es el que completa el
camino, como el samaritano. Los de dentro, como el hijo mayor y los otros
nueve, se quedan fuera.
Jesús no dice tu fe te ha curado, sino salvado.
No se trata de algo externo, sino de salvación interna, profunda. Es la
acción de gracias profunda que procede de la experiencia salvadora de
Jesús/Dios. La fe es humana y, por tanto, está en proceso, es dialogante. Hay
que dialogar con Cristo, volver a él. La liberación auténtica va más allá de
las rehabilitaciones físicas. La fe, que nos lleva a la salvación, parte de la
confianza en la salvación de Dios, de la fuerza de su palabra en nosotros. Y
supone nuestro “caer en la cuenta”, nuestra vuelta y conversión para dar
gracias, especialmente la Eucaristía.
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