MIÉRCOLES
Lucas 7, 19-23
18Los discípulos de Juan le contaron todo esto. Y Juan,
llamando a dos de sus discípulos, 19los envió al Señor, diciendo:
¿Eres tú el que ha de venir, o tenemos que esperar a otro?20 Los
hombres se presentaron ante él y le dijeron: Juan el Bautista nos ha mandado a
ti para decirte:"¿Eres tú el que ha de venir, o tenemos que esperar a
otro?".
21En aquella hora curó a muchos de enfermedades, achaques y
malos espíritus, y a muchos ciegos les otorgó la vista. 22Y
respondiendo, les dijo: Id y anunciad a Juan lo que habéis visto y oído: los
ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los
muertos resucitan, los pobres son evangelizados. 23Y ¡bienaventurado
el que no se escandalice de mí!
COMENTARIO
En la cárcel, Juan recibe noticias de la
salvación de los paganos y de la resurrección del pueblo, por obra de Jesús.
Ante un Jesús que no juzga ni castiga, Juan duda. A la pregunta de los enviados
de Juan, Jesús responde primero con obras: restituye la integridad y libertad
al hombre.
Respuesta verbal: cita pasajes proféticos (Is
29, 18; 35,5s; 42,18; 26,19; 61,1; para los leprosos, 2 Re 5) que son metáforas
de liberación. Todo culmina en la buena noticia a los pobres.
A la pregunta fundamental, Jesús
responde con el testimonio de su vida. La prueba de su mesianidad es estar de
parte de los pobres, aliviando su dolor y transformando su modo de pensar: a los pobres se les anuncia la Buena Noticia.
Los pobres están relacionados con el Evangelio de tal forma que sin ellos el
Evangelio no se cumple.
Al poderoso, frente a la Buena
Noticia, no le queda otro camino que el de la conversión o renuncia a su poder
explotador, ya que toda pobreza, toda opresión, tiene detrás un poder que la
alimenta.
Son los pobres los únicos que
pueden acreditar a Jesús como el verdadero Mesías. No es nadie que pertenezca a
la institución religiosa, o política, o militar, o económica, quien puede
certificar si Jesús es el Mesías verdadero. Este privilegio ha sido dado por el
Padre exclusivamente a los pobres. Esto se constituye en un gran signo a
nuestra iglesia. Su identificación de iglesia genuina, de iglesia seguidora de
Jesús, o de iglesia camino o mediación del Reino, también se lo deben dar los
pobres. Y se lo darán en la medida en que la vean cercana al sufrimiento de las
víctimas de los poderes de este mundo.
Muchas veces tratamos de probar
la genuinidad de la Iglesia sobre la base de argumentos teológicos, y se nos
olvida el argumento más evangélico: su cercanía a las víctimas del poder.
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