13 DE
MARZO DE 2020
Estamos con lo del virus, coronavirus,
“corona-leches”.
Cada vez las noticias son más
alarmantes. Por tanto, más miedo, más ansiedad. En medio de este caos, me
choca, Señor, que aparecen pocas, muy pocas noticas interpretadas desde la fe,
desde el evangelio. E incluso desde los medios “eclesiales.
Por un lado, están esos mensajes de
wasap que invitan a rezar para que Dios intervenga ya. Es preciso hacer una
novena, sacar un santo, “hay que mover la voluntad de Dios todopoderoso para
que se mueva y pare esto".
Por otro, todo esto nos lo merecemos
por nuestros pecados. Que para eso ya está un Dios justo y con mucho poder para
castigarnos. Cada vez que veo esto lo interpreto al revés: “la naturaleza no
perdona nunca, el ser humano a veces, Dios siempre”.
Me imagino que habrá también noticias
de gente que está sirviendo a los demás, trabajando un montón de horas para
parar esta plaga. Pero estas no aparecen. Pero las hay.
También se ha montado, en medios
eclesiales, una gran polémica por lo de comulgar en la mano o en la boca. Voy a
proponer que “se comulga haciendo el pino”. ¡Ojo la que se ha armado! Lo
importante es comulgar, comulgar. La forma más antigua, más tradicional de
comulgar, es en la mano. “Como si la mano fuera un trono, tu altar, donde
Cristo sacramento viene a ti para que comulgar contigo, y tú con él”. Lo
importante es comulgar. Lo demás, guardando el respeto y punto.
Insisto en lo que apuntaba al
comienzo: ¿no nos dice nada el evangelio de Jesús como clave de interpretar
esta realidad que estamos viviendo? Nos mandamos mil wasap, sobre todo, para
enterarnos como se desarrolla esta plaga. ¡No he visto ni uno que me hable del
evangelio! Ni siquiera desde los ambientes eclesiales. Por eso creo que se precisa interpretar, ver,
esta realidad desde Jesús de Nazaret.
Termino esta entrada con la
transcripción de una carta que ha escrito un obispo francés, una referencia a
un obispo francés, Pascal Roland, obispo de Belley-Ars. Hay cosas con las que estoy poco
de acuerdo, con otras mucho. Pero me parece “alternativa”, distinta.
Más que a la epidemia del coronavirus,
¡debemos temer a la epidemia del miedo! Por mi parte, me niego a ceder al pánico colectivo y a
someterme al principio de precaución que parece mover a las instituciones
civiles.
Por
lo tanto, no tengo la intención de emitir instrucciones específicas para mi
diócesis: ¿Dejarán de reunirse los cristianos para rezar? ¿Renunciarán a
frecuentar y ayudar a sus semejantes? Aparte de las medidas de prudencia
elemental que cada uno toma de manera espontánea para no contaminar a otros
cuando se está enfermo, no es oportuno agregar más.
Deberíamos
recordar más bien que en situaciones mucho más graves, aquellas de las grandes
plagas, y cuando los medios sanitarios no eran los de hoy, las poblaciones
cristianas se ilustraron con procedimientos de oración colectiva, así como
por la ayuda a los enfermos, la asistencia a los moribundos y la
sepultura de los fallecidos. En resumen, los discípulos de Cristo no se
apartaron de Dios ni se escondieron de sus semejantes, ¡sino todo lo contrario!
¿No resulta revelador de nuestra relación distorsionada de la
realidad de la muerte el pánico colectivo que hoy estamos presenciando? ¿No
manifiesta ésta la ansiedad que provoca la pérdida de Dios? Queremos ocultarnos que
somos mortales y, cerrándonos a la dimensión espiritual de nuestro ser,
perdemos terreno. Debido a que disponemos de técnicas cada vez más sofisticadas
y más eficientes, ¡pretendemos dominarlo todo y ocultamos que no somos los
dueños de la vida!
De
paso, tengamos en cuenta que la coincidencia de esta epidemia con los debates
sobre las leyes de bioética ¡nos recuerda afortunadamente nuestra fragilidad
humana! Esta crisis mundial presenta al menos la ventaja de recordarnos
que vivimos en una casa común, que todos somos vulnerables e interdependientes,
y que ¡es más urgente cooperar que cerrar nuestras fronteras!
Además
¡parece que todos hemos perdido la cabeza! En todo caso, vivimos en la mentira
¿Por qué de repente enfocar nuestra atención sólo en el coronavirus? ¿Por
qué ocultarnos que cada año, en Francia, la banal gripe estacional afecta a
entre 2 y 6 millones de enfermos y provoca alrededor de 8.000 muertes?
También parece que hemos eliminado de nuestra memoria colectiva el hecho
de que el alcohol es responsable de 41.000 muertes por año, mientras que se
estima en ¡73.000 las provocadas por el tabaco!
Alejada
de mí entonces, la idea de prescribir el cierre de iglesias, la supresión de
misas, el abandono del gesto de paz durante la Eucaristía, la imposición de
este o aquel modo de comunión considerado más higiénico (dicho esto, ¡cada uno
podrá hacer como quiera!), porque una
iglesia no es un lugar de riesgo, sino un lugar de salvación. Es un espacio
donde acogemos a Aquel que es Vida, Jesucristo, y donde, a través de Él, con Él
y en Él, aprendemos juntos a vivir. Una iglesia debe seguir siendo lo que es:
¡un lugar de esperanza!
¿Deberíamos
sellar a piedra y lodo nuestras casas? ¿Deberíamos saquear el
supermercado del barrio y acumular reservas para prepararnos para un asedio?
¡No! Pues un cristiano no teme a la muerte. Es consciente de que es mortal,
pero sabe en quién ha puesto su confianza. Cree en Jesús, que le afirma: « Yo soy la resurrección y la vida; quien
cree en Mí, aunque muera, revivirá. Y todo viviente y creyente en Mí, no morirá
jamás » (Juan 11, 25-26). Él se sabe habitado y animado por el « Espíritu
de Aquel que resucitó a Cristo de entre los muertos » (Romanos 8, 11).
Además,
un cristiano no se pertenece a sí mismo, su vida está entregada, porque sigue a
Jesús, quien enseña: « Quien quiere salvar su vida, la perderá, y quien pierde
su vida a causa de Mí y del Evangelio, la salvará » (Marcos 8, 35).
Ciertamente, el cristiano no se expone innecesariamente, pero tampoco trata de
preservarse. Siguiendo a su Maestro y Señor crucificado, el cristiano
aprende a entregarse generosamente al servicio de sus hermanos más frágiles,
desde la perspectiva de la vida eterna.
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