MIERCOLES, 29 DE ABRIL.
SANTA CATALINA DE SIENA, FIESTA
Juan 6,35-40
35Jesús les contestó: Yo soy el pan de
vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed
jamás; 36pero, como os he dicho, me habéis visto y no creéis. 37Todo
lo que me da el Padre vendrá a mí, y al que venga a mí no lo echaré afuera, 38porque
he bajado del cielo no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha
enviado. 39Esta es la voluntad del que me ha enviado: que no pierda
nada de lo que me dio, sino que lo resucite en el último día. 40Esta
es la voluntad de mi Padre: que todo el que ve al Hijo y cree en él tenga vida
eterna, y yo lo resucitaré en el último día.
COMENTARIO
Jesús se había presentado como dador de pan; ahora se identifica
él mismo con el pan, Yo soy el pan de la vida. Él es el don continuo del
amor del Padre a la humanidad.
Comer ese pan significa dar la adhesión a Jesús, asimilarse a él;
es la misma actividad formulada antes en términos de trabajo. La unión a él
comunica a los hombres la vida de Dios. Él es el alimento que Dios ofrece a los
hombres, con el que se obtiene la calidad de vida que los encamina a su
plenitud.
La Ley dejaba una continua insatisfacción, por proponer un modelo
y exigir una fidelidad inalcanzables (Eclo 24,21: "el que me come tendrá
más hambre, el que me bebe tendrá más sed"; cf. Jn 4,13a-14). Por el
contrario, la adhesión a Jesús satisface toda necesidad y toda aspiración del
hombre (el que me come nunca pasará hambre, el que me da su adhesión nunca
pasará sed), porque no lo centra en la búsqueda de su propia perfección,
sino en el don de sí mismo. Mientras la perfección tiene una meta tan ilusoria
y tan lejana como el ideal que cada uno se fabrique, el don de sí mismo es
concreto e inmediato y sus metas se van alcanzando con la práctica de cada día,
pudiendo llegar al extremo, como en el caso de Jesús. Con la búsqueda de la
perfección el hombre va edificando su propio pedestal; con la adhesión a Jesús,
se pone al servicio de los demás y crea la igualdad en el amor.
Han tenido delante a Jesús, pero no descubren el sentido de su
acción ni la calidad de su persona; en el hombre no ven al Hijo. Desean el pan,
pero no dan el paso, no se acercan a él. Quieren un don suyo, pero no el de su
persona; se mantienen a distancia. Pretenden separar el don del amor que
contiene, haciéndole perder su sentido. Quieren recibir, pero se niegan a amar.
Lo dicho anteriormente con el símbolo del maná-pan,
Jesús lo explica usando
un lenguaje diverso. El tema de este pasaje es el central en el evangelio: Jesús es el que da el pan de vida. Veamos algunas expresiones:
·
Todo lo que… Subraya la unidad
que forman los que se adhieren a Jesús: no son individuos aislados, sino
una comunidad indivisible.
El Padre entrega los hombres a Jesús. Esto significa que el anhelo de vida que el Padre, como Creador,
ha puesto en lo más íntimo de los seres humanos, encuentra respuesta plena sólo
en Jesús. Por eso este acoge a todo el que se le acerca y lo mantiene
consigo, no lo echaré fuera. El
deseo, la voluntad, del Padre
es dar al hombre la plenitud de vida.
·
He bajado del cielo. No debe entenderse
en sentido espacial. Significa que el origen de Jesús, en cuanto es el
Hijo del hombre, no es meramente humano, sino que se encuentra en la esfera
divina: fue la bajada del Espíritu (1,32) la que hizo de él el Hombre-Dios,
la presencia del Padre entre los hombres.
· El
último día. Es la primera vez que aparece en este
evangelio. Designa el día en que termina el mundo antiguo y se inaugura
el nuevo, y se refiere al día de la muerte de Jesús. Con la entrega
del Espíritu (19,30.34), Jesús concede a los hombres la resurrección, es decir, la vida
definitiva que supera la muerte. Así, indica Jesús que la
realización del hombre no es un mero producto del
proceso histórico. Necesita el nuevo principio de vida, el nuevo
nacimiento.
El que me envió del
versículo anterior se identifica ahora con mi Padre, precisando la relación que existe entre Dios y Jesús. Su misión
no es la de un subordinado ni se ejecuta por obediencia a una
orden, sino que es expresión de una comunidad de ser y de un vínculo
de amor.
A través de las señales que realiza, hay que reconocer en Jesús al Hijo.
Esta denominación resume los dos grandes nombres de Jesús: el Hijo del hombre y el Hijo
de Dios. Lo designa como el hombre en plenitud, cumbre de la humanidad, que es al
mismo tiempo la presencia de Dios en el mundo.
Ver en el hombre Jesús al Hijo equivale a
reconocer la capacidad del ser humano de alcanzar la plenitud, de hacerse hijo de Dios realizando el proyecto
creador. Con esto el hombre descubre las enormes posibilidades que Dios ha puesto en
él.

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