lunes, 25 de mayo de 2020

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DOMINGO



Juan 20,19-31

TEXTO
19Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: Paz a vosotros. 20Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor.
 21Jesús repitió: Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. 22Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo; 23a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.



vv. 19-22. LOS DISCÍPULOS RECONOCEN A JESÚS VIVO POR LAS MANOS Y EL COSTADO
19Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: Paz a vosotros.
Al Resucitado se le descubre en la Palabra y en la fracción del pan, en la Eucaristía. El mensaje de María Magdalena no los ha liberado del miedo. No basta con que otro hable del Resucitado, es necesario experimentar su presencia, personalmente[1].
Jesús se presenta en medio, en el centro de la comunidad que celebra la Eucaristía. Es una presencia eucarística. Y conservando las señales de la entrega: las manos, expresión de un amor hasta el extremo, y el costado,  el don del Espíritu.

Jesús les saluda exactamente como los despidió (Jn 14,27;16,33). La muerte no ocupa espacio ni tiene recorrido. En el mismo segundo que morimos a este mundo, resucitamos. La vida es continuidad sin interrupción alguna. La muerte no existe. Otra cosa es que a la hora de expresar y narrar los acontecimientos en este mundo, sometidos al espacio y al tiempo, le concedamos a la muerte un espacio y un tiempo.

20Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor.
A Jesús no se le reconoce por su cara, como hacemos con la gente, sino por las manos y el costado[2].
·       Las manos. En todas las culturas, son símbolo de las obras. A Cristo Resucitado se le reconoce presente en todo ser humano que hace obras de vida. Cristo se hace presente en la Eucaristía dando fuerza para llevar una vida de entrega a favor de los demás, dando vida a los demás. Sus manos dan seguridad. El Padre ha puesto todo en sus manos. Creer que la frase significa que allí hubo unas manos físicas, destrozadas, de un crucificado y que hubo un examen visual de un espectáculo, es entender poco.
·       El costado abierto. El pecho es el arca que guarda el corazón, sede de los sentimientos, está abierto. Simboliza el amor derramado y los buenos sentimientos. Ahí está el Resucitado. De su costado brota agua y sangre, es una vida entregada.

Lo mismo que sucedió en su Pasión está pasando en esta Eucaristía: en la cena, sus manos aparecen entregadas en servir, relato del lavatorio; en el calvario, aparece su costado abierto del que brota la vida, la lanzada; en su muerte, Jesús entrega el Espíritu, que es lo que viene a continuación.

21Jesús repitió: Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. 22Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo; 23a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.
La misión de los suyos es la misma que la suya.
Imaginarse a Jesús Resucitado llenando los pulmones de aire y a continuación expulsando por la boca soplándoles a todos, parece una escena de ciencia ficción.
La imagen hace referencia a la primera creación (Gén 2,7). Dios sopló en la nariz de aquella figura de barro (el barro es símbolo de la fragilidad humana), su espíritu de vida y el hombre fue un ser viviente. Aquí y ahora, culmina la obra creadora.
El que tiene experiencia del Resucitado se convierte en una persona nueva. Con la plenitud del Espíritu, la comunidad ya tiene capacidad de amar hasta el extremo, de entregarse totalmente como él. Y eso libera del pecado. El evangelista Juan no concibe el pecado como una mancha puntual, sino como una actitud del individuo. Pecar es ser cómplice de la injusticia encarnada en un sistema opresor. Cuando el individuo cambia de actitud, cesa su pecado. 

A quienes perdonéis…De otra manera: " a quienes liberéis de sus cadenas que esclavizan con la fuerza del Espíritu que os doy, quedan liberados". No se trata solo del sacramento de la Penitencia, que también, sino que Jesús nos da la fuerza del Espíritu con el que podamos ayudar a liberar del pecado (del orden injusto) a los demás. Y por el contrario, a quienes se aferren a su situación de injusticia opresora, les imputa de un modo constante su esclavitud, su estado de pecado.

El Espíritu se da como fuerza para sacar de la situación de pecado y, al mismo tiempo, para los que libremente se siguen aferrando a su situación, poner de manifiesto su pecado. Los discípulos reciben el Espíritu Santo para liberar al ser humanoque, sin culpa alguna, vive menguado y prisionero de la única realidad que conoce. Reciben el Espíritu Santo para mostrar al ser humano que vive en tinieblas el proyecto luminoso que Dios tiene sobre él.

TERMINA EL TIEMPO PASCUAL

COMIENZA EL TIEMPO ORDINARIO. SEMANA IX



[1] La expresión al tercer día resucitó significa que la muerte del cuerpo físico de Cristo existió. Tres es un número que indica totalidad. No hay duda. En lo físico, está totalmente muerto a este mundo. Pero la muerte de lo físico no implica la muerte de la vida. La muerte para los judíos comienza el cuarto día; hasta ese día, el alma ronda el cuerpo queriendo volver a él, al cuarto día desiste porque la corrupción es evidente. Pero en Jesús el cuarto día no llega nunca, la muerte no existe. Es un modo de expresarnos en este mundo nuestro, sujetos al espacio y al tiempo, pero en su literalidad no se atiene a la realidad sin tiempo que hay más allá, cuando muere nuestro cuerpo físico.
[2]  El verbo “ver”, en griego, se dice de tres maneras: “blepo”, ver con los ojos; “zeoreo”, cuando lo físico empieza a trascender y “orao”, ahora lo entiendo.  Es, sobre todo, en este tercer sentido al que se refieren los evangelistas cuando hablan de que los discípulos vieron al Señor.

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