SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS DOMINGO
Juan
20,19-31
TEXTO
19Al
anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una
casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús,
se puso en medio y les dijo: Paz a vosotros. 20Y, diciendo esto, les
enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver
al Señor.
21Jesús repitió: Paz a vosotros.
Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. 22Y, dicho
esto, sopló sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo; 23a
quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los
retengáis, les quedan retenidos.
vv. 19-22. LOS DISCÍPULOS RECONOCEN A JESÚS VIVO POR
LAS MANOS Y EL COSTADO
19Al
anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una
casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús,
se puso en medio y les dijo: Paz a vosotros.
Al Resucitado se le descubre en la Palabra y en la
fracción del pan, en la Eucaristía. El mensaje de María Magdalena no los ha
liberado del miedo. No basta con que otro hable del Resucitado, es necesario
experimentar su presencia, personalmente[1].
Jesús se presenta en medio, en el centro de la comunidad que celebra la Eucaristía.
Es una presencia eucarística. Y conservando las señales de la entrega: las manos, expresión de un amor hasta el
extremo, y el costado, el don del Espíritu.
Jesús les saluda exactamente como los despidió (Jn 14,27;16,33).
La muerte no ocupa espacio ni tiene recorrido. En el mismo segundo que morimos a
este mundo, resucitamos. La vida es continuidad sin interrupción alguna. La
muerte no existe. Otra cosa es que a la hora de expresar y narrar los
acontecimientos en este mundo, sometidos al espacio y al tiempo, le concedamos
a la muerte un espacio y un tiempo.
20Y,
diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron
de alegría al ver al Señor.
A Jesús no se le reconoce por su cara, como hacemos
con la gente, sino por las manos y el costado[2].
·
Las
manos. En todas las culturas, son símbolo de las obras. A
Cristo Resucitado se le reconoce presente en todo ser humano que hace obras de
vida. Cristo se hace presente en la Eucaristía dando fuerza para llevar una
vida de entrega a favor de los demás, dando vida a los demás. Sus manos dan seguridad. El Padre ha
puesto todo en sus manos. Creer que la frase significa que allí hubo unas manos
físicas, destrozadas, de un crucificado y que hubo un examen visual de un espectáculo,
es entender poco.
·
El
costado abierto. El pecho es el arca que guarda el corazón, sede de
los sentimientos, está abierto. Simboliza el amor derramado y los buenos
sentimientos. Ahí está el Resucitado. De su costado brota agua y sangre, es una vida entregada.
Lo mismo que sucedió en su Pasión está pasando en
esta Eucaristía: en la cena, sus manos aparecen entregadas en servir, relato
del lavatorio; en el calvario, aparece su costado abierto del que brota la
vida, la lanzada; en su muerte, Jesús entrega el Espíritu, que es lo que viene
a continuación.
21Jesús
repitió: Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. 22Y,
dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo; 23a
quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los
retengáis, les quedan retenidos.
La misión de los suyos es la misma que la suya.
Imaginarse a Jesús Resucitado llenando los pulmones
de aire y a continuación expulsando por la boca soplándoles a todos, parece una
escena de ciencia ficción.
La imagen hace referencia a la primera creación (Gén
2,7). Dios sopló en la nariz de aquella figura de barro (el barro es símbolo de
la fragilidad humana), su espíritu de vida y el hombre fue un ser viviente.
Aquí y ahora, culmina la obra creadora.
El que tiene experiencia del Resucitado se convierte
en una persona nueva. Con la plenitud del Espíritu, la comunidad ya tiene
capacidad de amar hasta el extremo, de entregarse totalmente como él. Y eso libera
del pecado. El evangelista Juan no concibe el pecado como una mancha puntual,
sino como una actitud del individuo. Pecar es ser cómplice de la injusticia
encarnada en un sistema opresor. Cuando el individuo cambia de actitud, cesa su
pecado.
A quienes perdonéis…De otra manera: " a quienes liberéis de sus
cadenas que esclavizan con la fuerza del Espíritu que os doy, quedan
liberados". No se trata solo del sacramento de la Penitencia, que también,
sino que Jesús nos da la fuerza del Espíritu con el que podamos ayudar a
liberar del pecado (del orden injusto) a los demás. Y por el contrario, a
quienes se aferren a su situación de injusticia opresora, les imputa de un modo
constante su esclavitud, su estado de pecado.
El
Espíritu se da como fuerza para sacar de la situación de
pecado y, al mismo tiempo, para los que libremente se siguen aferrando a su
situación, poner de manifiesto su pecado. Los discípulos reciben el Espíritu Santo para liberar al ser humanoque, sin culpa
alguna, vive menguado y prisionero de la única realidad que conoce. Reciben el
Espíritu Santo para mostrar al ser humano que vive en tinieblas el proyecto
luminoso que Dios tiene sobre él.
TERMINA EL TIEMPO PASCUAL
COMIENZA EL TIEMPO ORDINARIO. SEMANA IX
[1] La expresión al tercer día resucitó significa que la
muerte del cuerpo físico de Cristo existió. Tres es un número que indica
totalidad. No hay duda. En lo físico, está totalmente muerto a este mundo. Pero
la muerte de lo físico no implica la muerte de la vida. La muerte para los
judíos comienza el cuarto día; hasta ese día, el alma ronda el cuerpo queriendo
volver a él, al cuarto día desiste porque la corrupción es evidente. Pero en
Jesús el cuarto día no llega nunca, la muerte no existe. Es un modo de
expresarnos en este mundo nuestro, sujetos al espacio y al tiempo, pero en su
literalidad no se atiene a la realidad sin tiempo que hay más allá, cuando
muere nuestro cuerpo físico.
[2] El verbo
“ver”, en griego, se dice de tres maneras: “blepo”, ver con los ojos; “zeoreo”, cuando lo físico empieza a trascender
y “orao”, ahora lo entiendo. Es, sobre
todo, en este tercer sentido al que se refieren los evangelistas cuando hablan
de que los discípulos vieron al Señor.
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