sábado, 7 de noviembre de 2015

SEMANA XXXII
SÁBADO

Lucas 18,1-8
18 1Les decía una parábola para enseñarles que es necesario orar siempre, sin desfallecer. 2Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le importaban los hombres. 3En aquella ciudad había una viuda que solía ir a decirle: "Hazme justicia frente a mi adversario". 4 Por algún tiempo se estuvo negando, pero después se dijo a sí mismo: "Aunque ni temo a Dios ni me importan los hombres, 5como esta viuda me está molestando, le voy a hacer justicia, no sea que siga viniendo a cada momento a importunarme". 6Y el Señor añadió: Fijaos en lo que dice el juez injusto; 7pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que claman ante él día y noche?; ¿o les dará largas? 8Os digo que les hará justicia sin tardar. Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?

COMENTARIO
Al final del viaje hacia Jerusalén, lugar de la muerte y gloria, Jesús exhorta a sus discípulos a orar. La oración ha de ser constante. El modo de vivir es la oración, es el ambiente, el aire que respira el discípulo.
La primera parábola (Lc 18,1-8) es un ejemplo de cómo pedir que el Señor nos ayude frente al adversario y que la justicia triunfe.

18 1Les decía una parábola para enseñarles que es necesario orar siempre, sin desfallecer. 2Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le importaban los hombres.
Comienza la parábola con la descripción de un juez injusto. No habla de lo que hace, sino de lo que deja de hacer. La omisión es tan inmoral como la mala acción. Este juez no está vinculado ni a la sinagoga ni al templo, sino a la ciudad, se trata de la justicia profana, de la ética común, en consonancia con el proyecto de Dios. La conciencia y la ética de este juez están a cero. Todo viene descrito con una frase que nos dice que este hombre desobedece los dos mandamientos más importantes, resumen de todo lo demás: ni temía a Dios ni le importaban los hombres.

3En aquella ciudad había una viuda que solía ir a decirle: "Hazme justicia frente a mi adversario".
No se hace ninguna descripción de esta mujer viuda. Con el término viuda ya se nos está diciendo que es un ser indefenso y débil, está expuesta al abuso de todos.
De ella, al contrario que del juez, se nos dice que no cesa de hacer cosas, pedir justicia, solía... venga a cada momento a importunarme (v.5). Ella va sin cesar, y el juez, sin cesar, no quería hacer justicia.

 4Por algún tiempo se estuvo negando, pero después se dijo a sí mismo: "Aunque ni temo a Dios ni me importan los hombres, 5como esta viuda me está molestando, le voy a hacer justicia, no sea que siga viniendo a cada momento a importunarme".
Lo que vuelve a relanzar la acción es una reflexión del juez. Se decide a actuar no por justicia ni porque haya cambiado su modo de ser y pensar. Accede a protegerse a sí mismo porque está harto de la insistencia continua en el presente y para evitar contrariedades personales en el futuro.

6Y el Señor añadió: Fijaos en lo que dice el juez injusto; 7pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que claman ante él día y noche?; ¿o les dará largas? 8Os digo que les hará justicia sin tardar. Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?
Pues bien, si un juez injusto como el de la parábola, acaba haciendo justicia por motivos tan “personales” ¡Con cuanta mayor razón y motivo Dios va a restablecer a sus fieles en el derecho! Así, ahora, puede verse que la viuda es símbolo del pueblo, de los elegidos ¿no hará justicia a sus elegidos que claman ante él día y noche?
La viuda en la simbología bíblica designa muchas veces al pueblo. ¿Y el juez? ¿Dios es tan malvado e impresentable como este? Evidentemente no, sino todo lo contrario. La oración no es solo un grito, pero también es grito de sufrimiento, llamada de auxilio. ¿Acaso es Dios un juez que no presta oídos a las plegarias de sus fieles? No, pero aunque lo fuese, acabará haciendo justicia.

Estas palabras de Lc son un apunte al retraso de la venida del Señor que esperaba la primitiva comunidad. El creyente ha de tener claro que el Señor vendrá. Estamos en el tiempo de la espera, nos parece que tarda. Hay que estar muy atentos a que no suponga un enfriamiento de la fe, ¿encontrará esta fe en la tierra? Esta pregunta nos recuerda que si la oración es ininterrumpida, vivimos una vida de fe. La parábola nos habla de los vínculos entre oración y fe. Si la vida se ha convertido en oración constante, la vida se ha hecho fe.
La comunidad cristiana vive en este mundo bajo el signo de la cruz, de la debilidad aparente: sin marido ni hijos que la defiendan, con ausencia supuesta de Dios. Sin embargo, la comunidad con su oración constante, mantiene la fe. Una fe que nos dice que Dios está presente y actuará pronto, que la comunidad sí tiene esposo, volverá y llenará de hijos la comunidad, la llenará de vida. Ya no se trata de pedir cosas sino de hacer de nuestra vida una oración que dé sentido, precisamente, a nuestra vida, pues toda la vida puede interpretarse con los ojos de la fe.



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