sábado, 14 de noviembre de 2015

SEMANA XXXIII
DOMINGO
(HE PUESTO TODO EL CAPÍTULO TOMADO DE MI CUADERNO: "CREYENTES Y DISCÍPULOS")

Marcos 13,24-32
24En aquellos días, después de esa gran angustia, el sol se oscurecerá, la luna no dará su resplandor, 25las estrellas caerán del cielo, los astros se tambalearán. 26Entonces verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes con gran poder y gloria; 27enviará a los ángeles y reunirá a sus elegidos de los cuatro vientos, desde el extremo de la tierra hasta el extremo del cielo. 28Aprended de esta parábola de la higuera: Cuando las ramas se ponen tiernas y brotan las yemas, deducís que el verano está cerca; 29pues cuando veáis vosotros que esto sucede, sabed que él está cerca, a la puerta. 30En verdad os digo que no pasará esta generación sin que todo suceda. 31El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán. 32En cuanto al día y la hora, nadie lo conoce ni los ángeles del cielo ni el Hijo, solo el Padre.

1.    COMENTARIO
La frase introductoria marca una nueva época, con las mismas carac­terísticas que el tiempo de la angustia (en aquellos días), pero que no se identifica con ella (después de aquella angustia). Es la época de la instauración del reinado de Dios en la humanidad, el período histórico que puede llamarse escatológico o último. Era un recurso literario frecuentemente utilizado por los profetas describir la caída de un imperio o nación opresora, concebida como un juicio divino o una intervención de Dios en la historia, utilizando imáge­nes cósmicas.

Bajo la conmoción cósmica aparece, pues, el siguiente contenido: los valores del paganismo se encarnan en los falsos dioses (sol y luna), que fundamentan la divinización del poder (estrellas, astros). El sistema ideológico-religioso perderá crédito (oscurecimiento de sol y luna), lo que provocará la caída progresiva de los regímenes legitimados por él.
Y entonces indica que la llegada del Hijo del hombre se verifica inme­diatamente después del eclipse de los falsos dioses y la caída de los poderes opresores y significa su triunfo sobre ellos. Son estos los que verán esa llegada y ese triunfo.
La dignidad del Hijo del hombre (el Hombre en su plenitud, inclu­yendo la condición divina) va explicada en varios símbolos:
·         entre nubes: marco que rodea su figura, señala su verdadera condición divina, por oposición a la usurpada por los poderes; la llegada equivale a la de Dios mismo (Sal 89/88,7; 68/67,34);
·         poder: es la fuerza que da vida (12,24; 14,62);
·         la gloria: la realeza, que es la del Padre (8,38).
Con estas imágenes afirma Marcos que, a partir de la caída de Jerusalén, se irá verificando en la historia del mundo un triunfo progresivo de lo humano, el Hijo del hombre, sobre lo inhumano, los regímenes opreso­res de la humanidad. La llegada del Hijo del hombre tiene como objetivo reunir a sus elegidos: Enviará a sus ángeles, manera de designar a sus seguidores que han llegado a la meta. Como la llegada del Hijo del hombre, también esta reunión tendrá lugar cada vez que se verifique la caída de las estrellas. Sus elegidos, por opo­sición a los de la antigua alianza, son los que, en la pro­clamación del mensaje, han resistido hasta el fin (13,13), la nueva humanidad, procedente del mundo entero, de los cuatro vientos.

La mención de la higuera coloca al lector en la temática del templo y de su ruina (cfr. Marcos 11: la higuera seca); se conecta así esta unidad con la gran angustia descrita versículos antes. Lo que sucede con la higuera puede aclarar el sentido de una determinada parábola, en con­creto la de los viñadores homicidas, pronunciada en el templo (12,1-9).

El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán. Este dicho solemne, en verdad os digo, es el centro del relato.  Esta genera­ción es la de Jesús, la que mantiene la esperanza de un Mesías triunfador que había de dar a Israel la hegemonía sobre los pueblos paganos. Es la generación del segundo éxodo, el del Mesías, que se comporta como la del primero (Dt 32,5.20). 
En contraste con el momento conocido, se habla aquí de un momento desconocido.
·         El día es el de la llegada del Hijo del hombre en relación con la caída de un poder opresor, y señala un acontecimien­to gozoso y definitivo: la vida, más allá de la muerte.  
·         La hora es la de la pasión de cada discí­pulo, acontecimiento doloroso, pero transitorio. Los discípulos habían preguntado por el momento de un fin colectivo, que iniciaría el reino mesiánico (13,4); pero el fin no es único ni está ligado a la destrucción de Jerusalén; se va verificando para cada individuo, como desenlace de su entrega personal. Nadie conoce: es decir, a nadie pertenece actuar más que al Padre, con su amor hacia los discípulos, sus hijos. Él desplegará su actividad en esos momentos cruciales:
o   En la hora, dando al discípulo la ayuda del Espíritu para que tenga las palabras adecuadas a la situación (13,11);
o   en el día, con la llegada del Hijo del hombre, portador de la fuerza de vida (13,16); esta hará que superen la muerte, y serán reunidos en la glo­riosa etapa final del Reino. Será el Padre quien reclame al Hijo y a los suyos ante los perseguidores.

2.    ORACIÓN
Del Salmo 18, 2-7:
¡Yo te amo, Señor, mi fortaleza! 
¡Señor, mi peña, mi alcázar, mi libertador!,
¡Dios mío, roca mía en quien me refugio!
¡Fuerza mía salvadora, mi baluarte famoso! 
Invoco al Señor y quedo libre del enemigo. 
Me cercaban lazos de Muerte,
torrentes destructores me aterraban, 
me envolvían lazos del Abismo, me asaltaban redes de muerte. 
En el peligro invocaba al Señor pidiendo socorro a mi Dios...
    
3.    REFLEXIÓN
Es complejo el texto que acabamos de comentar. A través del bosque de expresiones simbólicas, lenguaje apocalíptico y escatológico, Jesús nos habla del final.
Sin llegar tan lejos, este tipo de relatos nos confrontan con nuestro posicionamiento ante cuestiones vitales como: ¿Cuál es el sentido de mi vida? ¿Cuáles son mis preferencias o valores vitales, de hecho, no solo a nivel teórico?
La propuesta en este evangelio es hacer cierta parada y centrarnos en estas cuestiones.
Una de los mayores miedos que sufrimos los humanos es enfrentarnos a la sensación del vacío, del sin sentido, del absurdo, que a veces nos lleva a vivir de manera pasiva, como si la vida nos viviera.
Desde el evangelio, todas las defensas son provisionales y relativas en cuanto nos acercan a Dios, a Jesús. Si nuestras defensas las convertimos en absolutas, al final, nos defienden hasta de Dios, las convertimos en ídolos, en nuestros falsos dioses... y esta es la raíz del pecado, de nuestro sufrimiento.

Preferimos vivir en nuestra propia seguridad, no nos acabamos de fiar de Jesús, Si no os apoyáis en mí, nunca vais a experimentar que sois sostenidos (Isaías 7,9). Sobre este versículo comenta D- Aleixandre: Un abismo de aguas profundas e infranqueables se abre ante el creyente que siente su imposibilidad de cruzarlo sin perder pie. Como única garantía cuenta con la palabra de otro que le dice: "No tengas miedo, hay roca debajo aunque no puedas verla, puedes atravesarlo apoyándote en ella... "¿Cuál es ese abismo que hay que cruzar? Es el abismo de pasar de nuestra propia seguridad a la seguridad en Dios, es el abismo de la fe, entendido como confianza que se apoya en la palabra de Jesús, que lleva a arriesgar la vida por la causa del Evangelio.
Es el abismo del miedo ante la posibilidad de la nada y del sin sentido de la propia vida, que nunca podremos encontrar en nosotros mismos, sino en el único que puede ser nuestra única seguridad: Jesús de Nazaret, el amor de Dios manifestado en la plenitud del ser humano. Es el abismo de confiar todo nuestro ser, nuestra persona, en Jesucristo, del que no tenemos certeza absoluta, ni nunca la tendremos, de momento.
Por esto, Jesús nos habla de que confiar o desconfiar en él, en su Palabra, hacerla o no vida, es como construir la casa, la propia vida, sobre roca o sobre arena.

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