SÁBADO, 2 DE MAYO
Juan 6,60-69
60Muchos
de sus discípulos, al oírlo, dijeron: Este modo de hablar es duro, ¿quién puede
hacerle caso?
61Sabiendo
Jesús que sus discípulos lo criticaban, les dijo: ¿Esto os escandaliza?, 62¿y
si vierais al Hijo del hombre subir adonde estaba antes? 63El
Espíritu es quien da vida; la carne no sirve para nada. Las palabras que os he
dicho son espíritu y vida. 64Y, con todo, hay algunos de entre
vosotros que no creen. Pues Jesús sabía desde el principio quiénes no creían y
quién lo iba a entregar. 65Y dijo: Por eso os he dicho que nadie
puede venir a mí si el Padre no se lo concede. 66Desde entonces,
muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con él.
67Entonces Jesús les dijo a los Doce:
¿También vosotros queréis marcharos?
68Simón Pedro le contestó: Señor, ¿a
quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; 69nosotros
creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios.
COMENTARIO
Según las condiciones propuestas por Jesús, el Mesías y los
suyos forman una comunidad dedicada sin reservas al bien de los
hombres. Esta dedicación implica la donación no sólo del pan, sino
la de la persona en el pan; requiere no sólo dar bienes, sino darse
a sí mismo. Semejante entrega resulta insoportable para los discípulos,
pero es la condición indispensable para poder estar con Jesús.
Los discípulos han comprendido el sentido de las palabras de Jesús sobre
comer su carne y beber su sangre. Jesús
no busca gloria humana ni la promete a los suyos. No propone un mesianismo
triunfal ni nacionalista, como lo esperaban sus contemporáneos.
Seguir a Jesús no significa no sólo renunciar a toda ambición de poder,
sino estar dispuesto a dar la propia vida por los demás.
Muchos
de sus discípulos protestan contra estas exigencias de Jesús; las consideran excesivas.
Interpretan su anunciada muerte como una debilidad y un fracaso y, en
consecuencia, se niegan a seguido en esa entrega.
Jesús se da cuenta de lo que sucede y afronta la situación:
·
Los discípulos lo esperan todo de un triunfo terreno, no aceptan la
muerte de Jesús. Para ellos significaría la derrota. Consideran demasiado duro
tener que asimilarse a él.
· Jesús
quiere hacerles comprender que una muerte como la suya no
significa un final, no es un fracaso ni signo de debilidad, sino la máxima
expresión del amor, única fuerza y creadora de vida. La bajada a la muerte incluye la
vuelta a la vida, subir adonde estaba antes.
·
Jesús contrapone su idea mesiánica a la de los discípulos que no aceptan
sus exigencias. Los términos carne y espíritu reflejan dos concepciones del
hombre y, en consecuencia, de Jesús y de su misión.
o La carne
sola, sin fuerza ni amor, el hombre no acabado, es débil y sus iniciativas
no llegan a término ni tienen permanencia.
o El Espíritu
es la fuerza del amor del Padre. Es vida y la comunica. Todos los que se
asimilan vitalmente al Hijo del hombre reciben el Espíritu. Son éstos los
únicos capaces de crear un mundo nuevo.
Jesús no se hace ilusiones acerca de su grupo. Hay resistencias y
seguimiento solamente externo. Al llegar esta crisis, va a manifestarse quiénes
son los verdaderos seguidores. Jesús sabía incluso que uno de ellos lo iba a
entregar. Veía ya en Judas un hombre que, por profesar los valores del mundo, no asimilaba su mensaje. Sabía
esto desde el principio, es decir, contaba ya con la traición, porque
contaba con la libertad de los individuos. Su
elección no la elimina ni pretende evitar los riesgos.
El Padre concede el encuentro con Jesús a los que han aprendido
de él. Y se han dejado impulsar por él hacia Jesús. El encuentro con Jesús se
identifica con la acogida del Espíritu. Los discípulos disidentes habían
limitado su visión al horizonte de la carne,
es decir, al hombre sin Espíritu; no pueden aceptar la propuesta de Jesús, que
consideran excesiva para las fuerzas humanas.
A pesar de la explicación, la mayor parte abandona a Jesús
definitivamente.
La propuesta de renunciar a la ambición personal y estar dispuesto, en
cambio, a un servicio sin reservas, provoca en ellos absoluto rechazo, ¿también
vosotros queréis marcharos?»
En esta situación difícil, Jesús se dirige a los Doce. Este número
aparece aquí por primera vez referido a los discípulos. Jesús les pregunta cuál
es su opción. No valen los términos medios ni las equidistancias. Jesús está
dispuesto a quedarse sin discípulos antes que renunciar a su línea. Para él no
existe salvación para la humanidad fuera de la entrega por amor. Todo otro
proyecto, por brillante que parezca, deja al hombre en la mediocridad y, por lo
mismo, termina en el fracaso.
La grave pregunta de Jesús suscita una reacción en el grupo de los Doce.
En representación de todos (en plural) ¿a quién vamos acudir?, responde
Simón Pedro. Los Doce comprenden que fuera de Jesús no hay vida. No hay otro
que pueda tomar su puesto. Las exigencias de Jesús no son una doctrina que
pueda separarse de su persona, pues en ellas expresa él su propia actitud. Ellas
remiten a la plenitud que él posee, de la que los suyos pueden participar
asimilándose a él.
Simón Pedro sigue hablando como portavoz del grupo. Reconoce a Jesús
como el Santo de Dios por Dios. Esta santidad/consagración se identifica
con la plenitud del Espíritu con el que el Padre selló a Jesús. Reconoce, pues,
a Jesús como Mesías, Ungido por el Espíritu.
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