VIERNES, 1 DE MAYO,
SAN JOSE OBRERO, DIA DEL TRABAJO
Juan 6,52-59
52Disputaban
los judíos entre sí: ¿Cómo puede este darnos a comer su carne?
53Entonces
Jesús les dijo: En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo
del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. 54El
que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el
último día. 55Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera
bebida.
56El
que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. 57Como
el Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre, así, del mismo modo,
el que me come vivirá por mí. 58Este es el pan que ha bajado del
cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que come
este pan vivirá para siempre.
59Esto
lo dijo Jesús en la sinagoga, cuando enseñaba en Cafarnaún.
COMENTARIO
Las palabras anteriores de Jesús no provocan ahora sólo una crítica,
sino una discordia entre sus adversarios. La mención de su carne los ha desorientado y les ha quitado la seguridad. Mientras Jesús
se mantuvo en la metáfora del pan, creían comprender, podían interpretar que se
presentaba como un maestro de sabiduría enviado por Dios. Pero Jesús ha
precisado que ese pan es su misma realidad humana, su carne, no una
doctrina. Ya no entienden qué puede significar comer
su carne.
Jesús hace una nueva declaración, que explica la anterior: comer y beber
significan asimilarse a él, aceptar y hacer propio el amor expresado en su
vida, su carne, y en su muerte, su sangre.
En el éxodo de Egipto, la carne del cordero fue alimento para la salida
de la esclavitud, y su sangre liberó a los israelitas de la muerte por mano del
exterminador (Éx 12,1-14). En el nuevo éxodo, la carne de Jesús es alimento permanente, y su sangre no libera momentáneamente de la muerte, sino, como su carne,
da vida definitiva.
La doble fórmula comer la carne y
beber la sangre distingue entre la realidad histórica de Jesús (carne = hombre mortal) y su entrega
hasta el fin (sangre = don de su vida).
Se subraya así el doble aspecto de la adhesión:
·
significa la identificación del discípulo con Jesús, el Hombre pleno. Es
la aspiración a alcanzar la plenitud mediante una actividad como la suya en favor de los
hombres.
·
Y es expresión de la identificación interior, no cesar en esa labor, no
retroceder ni siquiera ante la prueba extrema.
La frase de Jesús: no tenéis vida en vosotros, es decisiva. No
hay realización del hombre si no es por la asimilación a Jesús, obra del Espíritu
que de él se recibe, lleva a una entrega como la suya. Es evidente la alusión a
la eucaristía, que queda así puesta bajo el signo del Hijo del
hombre. El pan y el vino eucarísticos son símbolos de Jesús en cuanto modelo de
Hombre, de su ser y actividad, de su entrega hasta el fin. El compromiso
cristiano renovado en la eucaristía consiste, por tanto, en la mayor
asimilación a este modelo.
Se expone al mismo tiempo el doble aspecto de la eucaristía:
·
Es el nuevo maná, el alimento, vehículo del Espíritu, que da fuerza y
vida.
·
Y la nueva norma de vida, no por un código externo (la Ley),
sino por la identificación con Jesús, que lleva a una entrega como la
suya.
Jesús no es un modelo exterior que imitar. Se trata de comulgar con él,
asimilarle. Esta comunión cambia interiormente al discípulo. El
éxito está asegurado: el que se asemeja al Hijo del Hombre tiene vida definitiva, pues posee el
Espíritu de Dios.
Inmediatamente expone Jesús con otras palabras el don de la vida definitiva: él va a resucitarlo
el último
día, el de su muerte, cuando comunicará su Espíritu.
Cuando afirma Jesús que su carne es verdadera comida y su
sangre verdadera bebida
quiere decir que la asimilación a su estilo de vida y a su entrega,
el desarrollo y plenitud expresados por la denominación el Hijo del hombre, son
realmente posibles. Cada uno puede hacer suyo este ideal, seguro de que no es irrealizable.
Asimilar la carne y la sangre de
Jesús, es decir, hacer propio el ideal de Hombre que
él propone, con una actividad y entrega como la
suya, implica una compenetración con él que hace compartir su misma
vida.
En Jesús, el Padre adquiere rostro humano y presencia en el tiempo,
mientras Jesús, en comunión con el Padre, adquiere rostro divino.
El que se adhiere a Jesús reproduce en sí mismo ese proceso, entrando en
la unidad del Padre y del Hijo.
La vida que Jesús posee procede del Padre (Jn 1,32: el Espíritu
que bajaba como paloma desde el cielo y
se quedó sobre él) y él vive en total dedicación a la tarea de Dios de dar vida al mundo. Jesús
comunica esa vida a los suyos: la actitud de estos ha de
ser dedicarse a cumplir el mismo designio.
Se cierra el tema del maná, comenzado en Jn 6,31. El maná no consiguió
completar el antiguo éxodo; el éxodo de Jesús, en cambio, llega
a su fin: quien come pan de éste
vivirá para siempre. Ese pan ha bajado del cielo. Jesús se refiere a sí mismo como dador del Espíritu (d. 6,33.34),
disponible para los hombres. Y a la nueva comunidad humana,
que, a diferencia de la que se constituyó en el Sinaí, que murió
en el desierto, llegará a la tierra prometida, a la vida definitiva. Sin embargo,
cada vez que hace alusión al seguimiento
(comer / beber), Jesús se refiere al individuo, no a la comunidad
como tal.
Para él, su comunidad no es gente ni multitud (6,5), sino hombres adultos (6,10), donde cada uno hace su opción personal y libre y tiene
su propia responsabilidad en el seguimiento y en la asimilación
a él.
Termina el relato/discurso indicando la ocasión y el lugar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario