La primera
noticia de los primeros cristianos era esta:
“Vosotros, los poderosos, lo matasteis, pero
Dios lo resucitó”.
Los poderosos
han querido eliminar a Jesús y apagar su voz.
Esta es la
gran noticia: Dios le ha dado la razón al crucificado.
El rechazado
por todos ha sido acogido.
El
despreciado ha sido glorificado.
El muerto en
la Cruz está más vivo que nunca.
Dios se
identifica con los crucificados.
Nadie sufre
que Dios no sufra.
Ningún grito
deja de ser escuchado.
Ninguna queja
se pierde en el vacío.
Los “niños de
la calle” tienen Padre.
Las mujeres
ultrajadas por su pareja tienen un último defensor.
Los jóvenes
que se suicidan en Europa acaban su vida acompañados por Dios.
Y Dios sólo
quiere la vida, la vida eterna, la vida para todos.
Ese Dios que
ha resucitado a Jesús
está en
nuestras lágrimas y penas como consuelo misterioso.
Está en
nuestras depresiones como presencia callada
que acompaña
en la soledad y tristeza incomprendidas.
Está en
nuestro pecado como amor misericordioso
que nos
soporta con paciencia infinita.
Estará incluso
en nuestra muerte conduciéndonos a la vida,
cuando
parezca extinguirse.
Hoy es la
fiesta de los que se sienten solos y perdidos,
de los
enfermos incurables y de los moribundos.
Es la fiesta
de los que viven muertos por dentro
y sin fuerza para
resucitar.
La fiesta de
los que sufren en silencio agobiados por el peso de la vida
o la
mediocridad de su corazón.
Es la fiesta
de los mortales porque Dios es nuestra resurrección.
AMÉN
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