SÁBADO, 23 DE MAYO
Juan 16,23b-28
En verdad, en verdad os digo: si pedís
algo al Padre en mi nombre, os lo dará. 24Hasta ahora no habéis
pedido nada en mi nombre; pedid, y recibiréis, para que vuestra alegría sea
completa. 25Os he hablado de esto en comparaciones; viene la hora en
que ya no hablaré en comparaciones, sino que os hablaré del Padre claramente. 26Aquel
día pediréis en mi nombre, y no os digo que yo rogaré al Padre por vosotros,
27pues el Padre mismo os quiere, porque vosotros me queréis y creéis que
yo salí de Dios.
28Salí del Padre y he venido al mundo,
otra vez dejo el mundo y me voy al Padre.
El contacto de la comunidad con el Padre es inmediato en Jesús; él
es la puerta del Padre al mundo y del hombre al Padre. Su mediación no se
interpone entre el Padre y los discípulos, sino que los pone en contacto.
COMENTARIO
Cada vez que aparece la expresión en verdad os digo, es que se trata de una declaración solemne. Los
discípulos tienen pleno acceso al Padre, cuya paternidad los abraza también a
ellos. El acceso al Padre existe en unión con Jesús; pero no es la suya una
mediación que distancie del Padre; al contrario, lleva a los discípulos hasta
el Padre; no es Jesús un intercesor que represente a los discípulos, sino que
unifica a éstos consigo y, en unión con él, presentan sus peticiones al Padre.
Subraya Jesús la eficacia de la petición, recibiréis. Al poner como única condición que sea hecha en unión
con él, el objeto de la petición ha de estar incluido en el ámbito de la obra
de Jesús (Jn 10,10: yo
he venido para
que tengan vida y vida en abundancia). Todo lo que contribuye al incremento de la vida individual o
comunitaria, o a la comunicación de vida a otros, puede ser objeto de petición.
Esta manera de pedir no será posible hasta que los discípulos no
reciban el Espíritu, que crea la unión con Jesús.
Jesús los exhorta a pedir con la seguridad de recibir. Aun en
medio de la dificultad o el sufrimiento, la experiencia del Padre asequible y
generoso llena de alegría a la comunidad; tiene la certeza de poseer la riqueza
de Dios, aunque viva bajo la amenaza de ser desposeída de los bienes e incluso
de la vida.
No se puede
hablar de las cosas divinas si no es usando comparaciones
o metáforas. Para describir la aparición del hombre nuevo acaba de usar Jesús
una comparación, la de la mujer que
da a luz (16,21-22), inspirada en un texto de Isaías. Sin embargo, no está
lejos el momento en que no hará falta el lenguaje figurado. Jesús se refiere a
la hora de su vuelta. Entonces, su información sobre el Padre no serán
explicaciones de palabra; dándoles el Espíritu, les comunicará su propia
experiencia del Padre. Ésta hará superflua toda comparación; el conocimiento
del Padre les será connatural
Jesús habla
del día de su vuelta. Ese día, con
la vinculación a él que produce el Espíritu, los discípulos podrán pedir en
unión con Jesús. Él no se interpone entre el Padre y los discípulos; al
contrario, éstos encuentran en él el contacto directo con el Padre. Jesús puede
llamarse mediador sólo en el sentido de que únicamente en él y con él se encuentra
al Padre.
No existe
un Dios severo y un Jesús mediador, sino un Dios Padre que ama a los hombres, el
Padre mismo os quiere, y hace presente su amor en Jesús. El amor del Padre a los
discípulos tiene por fundamento la adhesión de éstos a Jesús, su cariño a él
como amigos y su fe en su procedencia. Como Jesús (15,15), también el Padre
quiere a los discípulos como a amigos.
De hecho,
Dios ofrece su amor al mundo entero (3,16), pero, para surtir efecto, ese amor
dador de vida ha de encontrar respuesta en el hombre. No se impone, se ofrece
como don gratuito. Si no se le acepta, queda frustrado: no puede actuar, no se
hace realidad ni tiene eficacia.
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